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03 de agosto de 2020
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Ojo de mosca

No. 251 Desarrollo sostenible, no retroceso

Durante toda la historia, la humanidad creyó que los recursos naturales eran inagotables y que nada que hiciéramos podría alterar los inmensos equilibrios de la naturaleza.

El siglo XX nos hizo despertar de esta ilusión. En los últimos tres siglos, la población mundial ha crecido de manera desbocada: pasó de 1 000 millones en 1800 a los actuales 7 700 millones. Al mismo tiempo, desde la Revolución Industrial de fines del siglo XVIII nos hemos inundado de máquinas que queman combustibles fósiles. Así, con sus fábricas, sus automóviles y su consumo acelerado de todo tipo de recursos naturales, junto con la producción desmesurada de materiales de desecho y gases de efecto invernadero, la humanidad comenzó a ser un factor decisivo en el equilibrio ambiental del planeta.

Los demógrafos y otros científicos se dieron cuenta del riesgo, y propusieron medidas para prevenirlo. Las campañas de control poblacional de la segunda mitad del siglo XX lograron que la velocidad de crecimiento de la población disminuyera (pero los cambios demográficos son lentos: se calcula que la población mundial no comenzará a decrecer sino hasta el 2100).

Y a partir de 1992, con la Declaración de Río de la ONU, se popularizó un nuevo concepto: el desarrollo sostenible (o sustentable), que busca “satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer la posibilidad de las generaciones futuras para atender sus propias necesidades”. Es decir, cubrir las necesidades sociales de crecimiento económico y bienestar, y al mismo tiempo proteger los recursos naturales y el equilibro ambiental.

Desgraciadamente, muchos países no han cumplido los compromisos. Y se ha malinterpretado el concepto, creyendo que “desarrollo sustentable” significa tomar la protección del ambiente como finalidad superior, sacrificando la necesidad de desarrollo humano. Se aboga así por una especie de “regreso al pasado”, promoviendo métodos tradicionales de agricultura y ganadería, producción y consumo. Hay quien califica esta visión como “neoprimitivismo”.

Y es que, si bien el desarrollo moderno ha provocado el daño ambiental que padecemos, también es cierto que los métodos actuales de producción son inmensamente más eficientes que los tradicionales (¡por eso han sido tan exitosos!). Renunciar a los avances de la ciencia y la tecnología modernas para regresar a métodos tradicionales no es una opción, pues provocaría una crisis económica que causaría hambre, pobreza, enfermedad y muerte para millones de seres humanos.

En vez de eso, habría que exigir a nuestros gobiernos que cumplan los compromisos internacionales para la protección del ambiente, y que retomen el concepto original del desarrollo sostenible: una forma de vida que incluya la cultura ambiental y que, sin sacrificar el progreso y el crecimiento, tenga siempre presente que debemos cuidar de los recursos naturales y el equilibrio planetario.

De otro modo, nuestra especie tiene pocas posibilidades de sobrevivir con bienestar en los próximos siglos.

 

Martín Bonfil

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