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05 de diciembre de 2019
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Ojo de mosca

No. 253 Ideología y ciencia

La ciencia busca conocimiento confiable, aplicable y eficaz sobre la naturaleza para comprenderla, predecirla y controlarla. A primera vista, no parecería tener nada que ver con algo tan subjetivo como la ideología.

Y es que, si bien la Real Academia define a la ideología como el “conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político”, normalmente la palabra se entiende por su uso en política: una visión sesgada de la realidad mantenida por cierto grupo, distorsionada por ideas preconcebidas y supeditada a la búsqueda de ciertos fines, principalmente políticos.

Esto contrasta drásticamente con la manera en que trabaja la ciencia: buscando datos, a través de observaciones, experimentos y simulaciones; generando hipótesis para explicar y dar sentido a lo observado, y luego sometiéndolas a prueba, mediante la contrastación con nuevos datos provenientes de la realidad. Todo esto para tratar de reducir al mínimo la posibilidad de engañarnos. Se podría decir que el método científico se resume en hacer todos los esfuerzos posibles para lograr que las explicaciones que generamos sobre el comportamiento del universo estén lo menos sujetas posible a nuestras creencias, prejuicios y deseos.

Pero la ciencia tampoco es inmune a la ideología. Los científicos son seres humanos, que viven en sociedades y épocas concretas, y no están exentos de ser influidos por las ideologías dominantes. En el siglo XIX, por ejemplo, la esclavitud era vista como parte del orden natural de las cosas, y muchas teorías biológicas, sociales y económicas la veían como algo normal y necesario.

El problema no es que toda actividad humana tenga detrás alguna ideología, sino que a veces esta se pone por encima de la evidencia, los datos y los resultados. En ciencia, esto puede ser catastrófico.

Un ejemplo: en la Unión Soviética, a finales de la década de 1920, el agrónomo Trofim Lysenko fue nombrado director de la Academia de Agricultura, y decidió aplicar en todo el país un método de su invención, denominado “vernalización”, con el que prometía multiplicar el rendimiento de las cosechas.

Desgraciadamente, el método de Lysenko se basaba en el rechazo de los recientes hallazgos de la genética mendeliana, pues la consideraba “una pseudociencia burguesa”. Su proyecto, mantenido hasta los años 60, redujo la productividad agrícola soviética. Pero además despidió, encarceló o mandó al exilio a numerosos científicos que no aceptaban su ideología. Con ello, Lysenko dañó terriblemente el desarrollo de la genética de su país.

Moraleja: cuando en una sociedad la ciencia queda supeditada a la ideología, sólo pueden esperarse resultados desastrosos.

 

Martín Bonfil

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