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28 de marzo de 2020
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Ojo de mosca

No. 256 Coronavirus

La noticia más sonada de los meses recientes es la epidemia causada por un nuevo tipo de coronavirus, conocido primero como “coronavirus de Wuhan”, por la ciudad de China donde surgió la epidemia, y que luego se denominó 2019-nCoV y ahora ha recibido el nombre oficial de SARS-CoV-2 (la enfermedad que causa, a su vez, ha sido nombrada COVID-19).

Entre las probables causas de la epidemia una es la naturaleza misma de estos virus. Tienen un genoma formado por ácido ribonucleico (ARN), y este hecho hace que presenten numerosas mutaciones (ya que las enzimas copian el genoma para reproducirse, llamadas polimerasas de ARN, tienen una alta tasa de errores). Se trata, pues, de virus que cambian rápidamente (igual que otros, como los de la influenza, el catarro o el VIH). Es inevitable que de vez en cuando surjan nuevas variedades que puedan infectar al ser humano.

Pero otra causa tiene que ver con el efecto de la actividad humana. En los mercados de China, y en especial en el mercado de Wuhan, se suele vender una gran diversidad de animales silvestres vivos —venados, aves, peces y mariscos, murciélagos, serpientes y otros—, los cuales forman parte de la medicina y la cocina tradicionales chinas.

El problema es que los virus, incluyendo los coronavirus, que infectan a una especie de animales pueden infectar también a otras. Sobre todo si se hallan mezcladas en un mismo lugar. Y si dos virus distintos infectan la misma célula, pueden mezclar su información genética y producir nuevas combinaciones.

Esto, sumado a la variabilidad natural del virus, aumenta enormemente la probabilidad de que surjan virus nuevos que puedan llegar a infectar a seres humanos, como sucedió en esta ocasión. Se piensa que el SARS-CoV-2 provino de murciélagos, pasó al pangolín (un mamífero escamoso muy apreciado en China) y de ahí al humano.

No es la primera vez que ocurre. Ya en 2003 la epidemia de SARS, causada por un coronavirus, causó casi 800 muertes. En 2012 otro nuevo coronavirus causó la epidemia de MERS, con unas 200 muertes. Hasta el momento, la actual epidemia de COVID-19 ha causado ya más de 1 600 muertes.

Quizá estos virus, igual que los de la influenza, pasen a convertirse en estacionales y resurjan cada año, ya no como epidemias graves. Pero, aunque no podemos evitar que aparezcan nuevos virus, sí podemos evitar que se creen las condiciones para que los virus de animales silvestres puedan pasar de una especie a otra, y sobre todo evitar que contagien a la población humana.

No olvidemos que, como especie, somos responsables no sólo de nuestra propia salud, sino de nuestra supervivencia.

 

Martín Bonfil

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