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25 de febrero de 2017
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Ojo de mosca

No. 5 ¿Patentar la ciencia?

A todos nos caen gordos los secretos. Excepto cuando son nuestros secretos, claro. En ciencia, los secretos generalmente no son bien vistos. Ya que cuando un científico hace un experimento puede equivocarse, confundirse o –se han dado casos– mentir, es necesario que dé a conocer todos los detalles, de modo que otros científicos puedan repetirlo, y así confirmar sus hallazgos. Si un científico dijera que ha hecho algún hallazgo importante, pero que prefería mantener en secreto sus métodos, la comunidad científica se reiría de él o lo ignoraría. En ciencia lo que no se trabaja en forma comunitaria no sirve de nada.

Por otro lado, en la industria los secretos muchas veces son valiosos. Si uno descubre un método más barato y eficiente de fabricar algo, más le vale mantenerlo en secreto, pues así tendrá una ventaja sobre los competidores. Claro que las novedades no siempre pueden mantenerse en secreto. A veces, los competidores pueden hacer “ingeniería inversa” para descubrir cómo está hecho un nuevo producto. En otras ocasiones, el simple hecho de ponerlo a la venta hace que pueda ser imitado. Por ello se inventó el sistema de patentes.

La patente, prima hermana del secreto industrial, sirve para comprobar legalmente (hacer patente) que uno es el inventor de algo, de modo que si alguien lo quiere imitar tendrá que pagarnos derechos por el uso de nuestra idea. Si no hubiera patentes, inventores y compañías no gastarían dinero y esfuerzo en crear nuevos productos. No les convendría, pues sus competidores podrían simplemente imitarlo, ahorrándose el gasto.

Tradicionalmente sólo se podían patentar objetos como máquinas, diseños, aparatos y demás objetos concretos. Uno tenía que llevar un modelo de su invento. Desgraciadamente, desde hace algunas décadas los gobiernos otorgan patentes para ideas e información que deberían ser del dominio público. Por ejemplo, hoy se patentan técnicas para operar (con el consiguiente perjuicio para los pacientes) e, incluso, genes.

En efecto: con el avance del Proyecto Genoma Humano (descifrar toda la información genética del ser humano, contenida en su ADN), algunas compañías internacionales y científicos con mente de negociantes han patentado los fragmentos de información genética que han descifrado. Estas patentes obstaculizan el avance de la investigación biomédica y tienen implicaciones éticas preocupantes. Actualmente se discute la conveniencia de permitir que grandes compañías sean dueñas de partes del patrimonio genético de nuestra especie. En un caso así, el interés común debe estar por encima de las ambiciones empresariales. Después de todo, el proyecto del genoma es un proyecto científico, no un negocio. ¿O qué no se trataba de hacer ciencia?

Comentarios: mbonfil@unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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