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18 de octubre de 2017
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Ojo de mosca

No. 7 El problema del señor Spock

En la famosa teleserie “Viaje a las estrellas” (hoy convertida en serie de películas), había un aparato capaz de teletransportar personas de un lugar a otro en forma instantánea. Lo que nunca se supo era si lo que viajaba era la materia que formaba los cuerpos de los tripulantes, o solamente la información sobre cómo estaban constituidos. Si lo segundo fuera cierto —que sería la opción más práctica—, no había ninguna razón para que el aparato teletransportador no pudiera ser usado para producir en el sitio de llegada no uno, sino dos cuerpos idénticos al que originalmente había sido desintegrado en el sitio de partida. (Claro que entonces no se llamaría teletransportador, sino duplicador). ¿Qué pasaría si se produjeran por este método dos gemelos, digamos del señor Spock?, ¿serían la misma persona, o dos seres diferentes?, ¿pensarían y actuarían igual o cada uno seguiría su propia vida?

La clonación, es decir, la posibilidad de producir, en forma asexual, un duplicado genéticamente idéntico de un ser vivo (tan de moda últimamente) nos enfrenta con un problema similar. Octavio Paz, por ejemplo, en su libro La llama doble consideró con recelo la posibilidad de clonar un ser humano, pues pensó que la duplicación de una personalidad traería problemas éticos imposibles de resolver. Se equivocaba, ya que un ser humano clonado es genética, pero no mentalmente, idéntico a su “progenitor”. Los gemelos clonados serían, sin lugar a dudas, dos personas distintas, por la misma razón que dos gemelos idénticos tienen cada uno su propia vida y personalidad (a veces muy diferentes entre sí).

En su reciente novela El quinteto de Cambridge, el escritor científico John L. Casti presenta otro problema del mismo tipo. El libro trata de una reunión, poco después de la Segunda Guerra Mundial, en la que cinco de los más famosos científicos del mundo se reúnen para discutir la posibilidad de crear una máquina capaz de pensar como lo hacemos los seres humanos.

¿Bastaría imitar, detalladamente, la estructura del cerebro humano para obtener en forma automática una mente humana? Eso plantearía el siguiente problema: ¿qué pasaría si, en el momento de su muerte, copiáramos exactamente el cerebro de una persona y construyéramos no una, sino dos máquinas idénticas?, ¿cuál de ellas sería la persona?, ¿la habríamos duplicado?, o ¿sería cada máquina un gemelo distinto, dos personas con su propia individualidad?

Al igual que con la clonación y el problema del señor Spock, este tipo de preguntas nos hacen darnos cuenta de que una cosa es poder hacer algo gracias a los avances de la ciencia, y otra es entender qué estamos haciendo.

Comentarios: mbonfil@unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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