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27 de febrero de 2017
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Ojo de mosca

No. 83 Ciencia y ética

La ciencia avanza cada día con más velocidad, y en su marcha plantea constantemente nuevos dilemas éticos. Uno de ellos es nuestra capacidad aterradora para producir armas cada vez más potentes, tanto de destrucción masiva (bombas atómicas y de neutrones...) como para el combate individual (minas terrestres, rifles y metralletas de alta tecnología...).

¿Es ético permitir que se siga realizando investigación científica expresamente con fines bélicos?

Otra área polémica son las diversas maneras en que podemos modificar a los organismos vivos, por ejemplo mediante la ingeniería genética y la clonación. Tarde o temprano se planteará la posibilidad de modificar seres humanos, ya sea para prevenir o remediar graves enfermedades congénitas, para mejorar el desempeño físico o intelectual, o simplemente con fines cosméticos. ¿Tendremos derecho a manipular el patrimonio genético de nuestra especie (y de otras), o sería mejor dejar que la naturaleza siga su curso? (Desde la perspectiva opuesta, ¿sería ético no utilizar los recursos con que contamos para ayudar a quienes lo necesitan?)

De entrada, tales planteamientos son simplistas: las armas siempre han existido, y la modificación genética comenzó con la domesticación de especies. El ser humano siempre ha intervenido en la naturaleza, con resultados no necesariamente óptimos. Pero no puede negarse que el poderío científico y tecnológico actual nos permite alterar nuestro ambiente a tal grado que podemos eliminar especies y ecosistemas completos, e incluso acabar con nuestra propia existencia. Es pues urgente que haya más reflexión ética sobre las implicaciones de la ciencia y la técnica.

Sin embargo, conviene definir a qué tipo de ética nos referimos, pues no sería coherente buscar la respuesta a los dilemas de la ciencia en ideas místicas o metafísicas, y menos aún en creencias sobrenaturales. Un supuesto “más allá” no puede proporcionarnos los criterios para actuar en el mundo natural.

Pero tampoco tendría sentido buscar una absurda “ética científica”, pues la ciencia sólo sirve para producir conocimiento confiable sobre la naturaleza, no para dictar la conducta del ser humano.

¿Qué nos queda entonces? Buscar una ética que esté anclada, sí, en el conocimiento (no es posible regular lo que no se entiende), pero que además sea humanística y naturalista. Que esté basada no en creencias, sino en el reconocimiento de que todo lo vivo surge de forma natural a partir del mundo biológico.

Tendríamos que apreciar que el valor de la vida —humana o de cualquier otro tipo— reside no en milagros o propiedades místicas, sino precisamente en su origen natural y por tanto irrepetible. Es por eso que debemos respetarla.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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