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26 de junio de 2017
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Ojo de mosca

No. 87 La utilidad de los fraudes

¿Quién ha oído hablar alguna vez de fraudes en astrología, tarot o alguna forma de adivinación?

En diciembre pasado, como cada año, astrólogos y adivinos hicieron sus predicciones para el año nuevo. Uno de ellos, en particular, predijo un atentado contra el Papa.

Aunque inquietante, la predicción es una excelente apuesta: si falla, es poco probable que alguien lo recuerde. En cambio, si por alguna desafortunada casualidad la predicción acertara —y cualquier personaje público de esa estatura tiene siempre una alta probabilidad de ser sujeto de un atentado—, la fama del astuto profeta rebasaría todo límite: se convertiría instantáneamente en el adivino más famoso del mundo.

Desgraciadamente, este tipo de apuestas mañosas, que no cuestan nada si se falla, pero con ganancias inauditas en caso de acertar, son posibles porque nadie supervisa la actuación de quienes se dedican —siempre, claro, a cambio de dinero— a predecir el futuro.

En la investigación científica, en cambio (como en cualquier actividad que tenga control de calidad) de vez en cuando se presentan escándalos causados por algún científico que intenta engañar a sus colegas para obtener beneficios en forma de prestigio, poder o dinero (el artículo “La letra escarlata: fraudes en la ciencia”, aparecido en ¿Cómo ves?, número 83, presenta algunos interesantes ejemplos).

El caso más reciente es el del investigador coreano Hwang Woo-suk, quien saltó a la fama internacional, y se convirtió en un héroe en su país y ejemplo para los niños, gracias a que en 2004 afirmó haber obtenido por clonación células precursoras humanas (también llamadas células madre o troncales) con una alta eficiencia. En 2005 Hwang anunció la clonación de un perro, Snuppy —algo que no había podido lograrse— y la obtención de células precursoras clonadas de pacientes con enfermedades inmunitarias, diabetes y con lesiones de la médula espinal.

Hacia el final del año se descubrió que Hwang había falsificado las pruebas de sus logros. Un comité de expertos descubrió que prácticamente todos ellos —excepto la clonación de Snuppy— habían sido engaños. El resultado fue su inmediata renuncia y desprestigio internacional. Un verdadero escándalo.

Y sin embargo, la debacle tiene un lado bueno: prueba que los mecanismos de control de calidad de la ciencia funcionan confiablemente. Que por más que algún tramposo intente aprovecharse del sistema para obtener beneficios indebidos, la constante revisión de resultados que llevan a cabo sus colegas científicos logra detectar los engaños y procede a corregirlos.

Los fraudes en ciencia se descubren tarde o temprano; su exhibición pública es muestra de rigor científico. ¿Podrán presumir de algo parecido los adivinos?

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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