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18 de julio de 2018
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Ráfagas

No. 236

Donde nacen las estrellas

Un equipo de astrónomos del Instituto de Astronomía de la UNAM en Ensenada y del Instituto de Astrofísica y Planetología Espacial, en Roma, Italia, realizaron importantes descubrimientos acerca de la forma en que nacen y maduran las estrellas. El equipo estudió la nebulosa Trífida 1 en el Observatorio de Calar Alto en Almería, España.

Trífida 1, también conocida como M 20, es una mezcla de gas y partículas de polvo en una región en la constelación de Sagitario. Fue descubierta en 1764 por Guillaume Le Gentil, astrónomo francés conocido por su libro Viaje en los mares de la India, un relato sobre su expedición para observar el tránsito de Venus.

Ya se sabía que esta nebulosa cuenta con una estrella gigante azul y cientos de otras menos brillantes. Las astrónomos compararon sus datos con los del satélite Herschel de la Agencia Espacial Europea y el Spitzer de la NASA. Combinando los datos obtenidos con estos tres aparatos los astrónomos encontraron objetos estelares muy jóvenes, es decir, estrellas recién nacidas que emiten entre 100 y 500 veces la energía de nuestro Sol. Detectaron también fenómenos relacionados con la formación de estrellas masivas, como chorros de gas que salen de ambos polos de las estrellas jóvenes.

La edad de Trífida 1 se calcula en 300 000 años; es decir, cerca de la época en que surgió en nuestro planeta el Homo sapiens. Los astrónomos detectaron también que en esa región se producen estrellas de masa baja e intermedia, parecidas al Sol, y pudieron determinar que la distancia entre la Tierra y la nebulosa es 20 % mayor que la que habían estimado; se localiza a 6 500 años luz de nosotros.

Los resultados de esta investigación se publicaron en el boletín de la Royal Astronomical Society y son una herramienta para entender dónde y cómo se forman las estrellas masivas más jóvenes de que tengamos noticia.

Abejorro en peligro

El Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos incluyó por primera vez a una abeja, el abejorro Bombus affinis, en la lista de animales en peligro de extinción dentro de su territorio, aunque desde 2016 siete especies de abejas de Hawai entraron en esta lista.

Hasta los años 90 este abejorro era común en 28 estados de la Unión Americana y dos provincias de Canadá, pero actualmente sólo puede verse en parcelas pequeñas y dispersas de 13 estados. ¿Qué ha causado el declive en las poblaciones de estos insectos? ¿Deberíamos preocuparnos? Los científicos opinan que es un problema multifactorial.

Estos abejorros habitan en las enormes extensiones de praderas y pastizales de Norteamérica, donde viven también muchos otros animales. En estas regiones hay pocos árboles y arbustos grandes, aunque algunos árboles como álamos, robles y sauces crecen en los valles de los ríos. Son ecosistemas ricos en especies de flores y pastos. Y la mayoría de estos ecosistemas se han perdido, degradado o fragmentado porque se han convertido en grandes extensiones de monocultivos o en zonas urbanas. La agricultura introdujo el uso de pesticidas muchas veces con efectos letales para los abejorros y también redujo la diversidad de especies de plantas que les servían como alimento. Esta especie, como otras, se ha visto afectada también por el cambio climático, con sus temperaturas y precipitaciones extremas.

La posible extinción de esta especie es grave porque los abejorros son polinizadores esenciales de muchas plantas, entre otras de varias especies de frutos rojos, tréboles y jitomates. Es decir, contribuyen a la seguridad alimentaria y son un elemento clave no sólo en la reproducción de plantas sino en la creación de semillas y frutos que son alimento de una gran variedad de animales. Incluir a esta especie de abejorro en la lista de especies en peligro cumple la función de extremar acciones para protegerla.

Trasplantar recuerdos

Podría resultar tentador tener la posibilidad de borrar recuerdos desagradables o dolorosos, o implantar en nuestra memoria recuerdos de cosas que nunca sucedieron. Un grupo de investigadores de la Universidad de California en Los Ángeles dio un paso en esa dirección, buscando entender mejor cómo se fijan los recuerdos en la mente.

El grupo diseñó un experimento con ejemplares de la especie Aplysia californica, caracol conocido como liebre marina. Se trata de un molusco grande de 40 centímetros en edad adulta y cerca de un kilogramo de peso, que vive en la costa del estado de California y a lo largo de toda la península de California, en México, en zonas rocosas de hasta 18 metros de profundidad. Su color varía de café rojizo a café verdoso, dependiendo de las algas de las que se alimenta.

Aplicaron choques eléctricos en la cola a un grupo de liebres marinas, con la suficiente intensidad para que les parecieran molestas, y la respuesta fue meterse dentro de su concha. Esta acción se repitió cinco veces, cada 20 minutos. Al día siguiente los choques se repitieron de la misma forma.

Pasados dos días, cada vez que tocaban al molusco, se escondía en su concha un promedio de 50 segundos. En otro grupo colocaron ejemplares que nunca recibieron las descargas eléctricas y cuando los tocaban, reaccionaban escondiéndose durante un segundo para en seguida volver a salir.

Hasta este punto parecería que David Glanzman, director del estudio, repetía el célebre experimento de Pavlov, pero a Glanzman se le ocurrió dar un paso más. Extrajo moléculas de ARN del sistema nervioso de los dos grupos de moluscos y las inyectó a dos nuevos grupos de moluscos que nunca recibieron choques.

Cuando tocaron a los moluscos que recibieron el material genético de los que habían recibido descargas eléctricas, se escondieron en su caparazón en promedio 40 segundos; es decir, respondieron de forma parecida a sus donadores, aunque de forma atenuada. Y los que recibieron el ARN de animales que nunca fueron molestados reaccionaron de manera normal, retrayéndose un segundo y retomando al instante sus actividades normales. Los resultados de esta investigación se publicaron en la revista eNeuro.

Nueva mariposa colectada hace 60 años

Una mariposa fue colectada en 1959 por Thomas Emmel, entonces naturalista adolescente, en la Sierra de Chiapas y almacenada sin clasificar en una gaveta del Museo de Historia Natural de Florida. Seis décadas después Andrew Warren, entomólogo del museo, la vio y de inmediato se dio cuenta que no podía determinar de qué especie se trataba. Tras analizar las notas que tomó Emmel y estudiar los ejemplares colectados, descubrió que era una especie nueva y desconocida para la ciencia.

Emmel empezó a colectar mariposas desde niño. Cuando era estudiante de último año de secundaria fue uno de los 40 ganadores del Westinghouse Science Talent Search y al graduarse del bachillerato a los 17 años, fue invitado a un viaje de tres meses al sur de México y a Honduras con el ornitólogo Irby Davis. Como parte de sus responsabilidades debía manejar un reflector parabólico para grabar los cantos de las aves al amanecer y al caer la tarde, pero en su tiempo libre podía dedicarse a estudiar sus mariposas. Así lo hizo y colectó cientos de especímenes que, al finalizar el viaje, se entregaron al museo. Trece de estas mariposas (nueve machos y cuatro hembras), pertenecen a la nueva especie que en abril de 2018 recibió el nombre de Cyllopsis tomemmeli.

Se trata de una mariposa de cerca de cinco centímetros de ancho, de color café oscuro con bandas de café rojizo en la parte inferior, rasgo característico del género Cyllopsis. Tiene dos pares de puntos rodeados de escamas metálicas que recuerdan los ojos de una araña, característica que seguramente la protege. A pesar de estudios extensivos sobre la fauna de mariposas diurnas de esta región cercana a San Cristóbal de Las Casas, dicha especie no se ha vuelto a encontrar.

El hallazgo se dio a conocer en la revista Zootaxa en abril de 2018 y en su revisión taxonómica participaron investigadores de la Facultad de Ciencias de la UNAM. Que una especie lleve el nombre de Emmel es un homenaje a un científico que dedicó su vida al conocimiento y a buscar la protección de las mariposas. Thomas Emmel murió un mes después de publicado el artículo, el pasado 26 de mayo.

Las migraciones de Homo sapiens

Según la teoría más aceptada hasta hoy de la salida del ser humano de África hubo una primera migración hace entre 130 000 a 90 000 años. Los viajeros no pasaron de los bosques del Levante Mediterráneo. La segunda migración se dio entre 60 000 y 50 000 años atrás y llegó hasta Sahul, continente del Pleistoceno que comprendía Australia, Nueva Guinea y Tasmania, cuando el nivel de las aguas del océano estaban 150 metros más bajo que el de hoy. De ahí la especie se extendió al resto del planeta.

Pero un grupo de investigadores del Instituto Max Planck y de la Universidad de Oxford pensaba que la historia había sido diferente. Por más de una década, el equipo trabajó en el Desierto de Arabia y en distintos sitios encontraron cientos de herramientas de piedra y huesos de animales pero nada más, por lo que sus hallazgos no eran concluyentes. En 2016 Iyad Zalmount, del Servicio Geológico Saudí, trabajaba en un sitio en el desierto de Nefud, en la región norte de la Península Arábiga, cuando vio algo blanco en la arena: era un hueso cilíndrico de poco más de 5 cm. Lo comentó con algunos colegas que decidieron que se trataba de un dedo, probablemente de algún primate. Al compararlo con el dedo de un Neandertal, vieron que era más largo y delgado.

Meses después, investigadores de la Universidad de Cambridge elaboraron un modelo del dedo en tres dimensiones y lo sometieron a un análisis estadístico para precisar su origen. Los investigadores concluyeron que perteneció a un miembro de Homo sapiens con una antigüedad de entre 85 000 y 90 000 años. Este hallazgo nos permite concluir que algunos miembros de nuestra especie emigraron de África y lograron colonizar una región del sudoeste de Asia antes de lo que se pensaba.

Los resultados de esta investigación, se publicaron en Nature Ecology & Evolution, parecen indicar que la migración humana desde el continente africano no fue un fenómeno lineal, sino que parece haber seguido varias rutas en distintas épocas.

 

Martha Duhne

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