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14 de noviembre de 2019
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Ráfagas

No. 252

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Llegó la ceremonia de ciencia más esperada

A las 7.30 de la noche del 12 de septiembre, en el teatro Sanders de la Universidad de Harvard, empezó la XXIX entrega anual de los premios Ig Nobel, que se otorga a investigaciones serias que al principio desconciertan y hacen reír pero, con suerte, luego harán pensar.

Como en otros años, los premios fueron entregados por ganadores de premios Nobel, entre ellos Eric Maskin (economía 2007), Rich Roberts (fisiología o medicina 1993) y Jerry Friedman (física 1990). También asistieron a la ceremonia varios premiados IgNobel de ediciones pasadas. Los ganadores de este año son:

Medicina – Silvano Gallus, de Italia y los Países Bajos, por recabar evidencia de que la pizza puede proteger contra enfermedades e incluso evitar la muerte, siempre y cuando se haya preparado y sea ingerida en Italia, investigación publicada en la revista International Journal of Cancer en el 2003.

Educación médica – Karen Pryor y Theresa McKeon, por usar una sencilla técnica de entrenamiento de animales llamada clicker training para entrenar a cirujanos para realizar cirugía ortopédica. El término clicker proviene de un pequeño aparato metálico que produce un ruido característico y que un entrenador utiliza para marcar el comportamiento deseado y ayuda al animal (en este caso un cirujano) a saber cuándo hizo las cosas bien. La investigación se publicó en la revista Clinical Orthopaedics and Related Research, en abril de 2016.

Biología – un equipo internacional de científicos de Singapur, China, Australia, Polonia, Estados Unidos y Bulgaria por descubrir, casi podría adivinarse que con cierto azoro, que las cucarachas magnetizadas muertas se comportan de manera diferente que las cucarachas magnetizadas vivas. Artículo publicado en Scientific Reports en 2018.

Anatomía – Roger Mieusset y Bourras Bengoudifa, de Francia, por medir la asimetría de la temperatura del escroto en carteros desnudos y carteros vestidos en Francia. El artículo correspondiente fue publicado en la revista Human Reproduction.

Química – Shigeru Watanabe, Mineko Ohnishi, Kaori Imai, Eiji Kawano y Seiji Igarashi de Japón, por estimar el volumen total de saliva producido al día por un niño promedio de cinco años. El artículo se puede encontrar, en caso de que a alguien pudiera interesarle, en los Archives of Oral Biology de agosto de 1995. Asistieron a la ceremonia Shiguru Watanabe y sus hijos, actualmente adultos, que fueron algunos de los sujetos del estudio, hace 35 años.

Ingeniería – Iman Farahbakhsh, de Irán, por inventar una máquina que cambia pañales. El invento, sobra decir, encontró quién quisiera patentarlo.

Economía – Habip Gedik, Timothy Voss y Andreas Voss, de Turquía, Países Bajos y Alemania, por estudiar papel moneda de distintos países para averiguar cuál es más eficaz para transmitir bacterias peligrosas. Asistieron Timothy y Andreas Voss, quienes son padre e hijo.

Paz – Ghada A. Bin Saif, Alexandru Papoiu, Liliana Banari, Francis McGlone, Shawn G. Kwatra, Yiong-Huak Chan y Gil Yosipovitch, de Reino Unido, Arabia Saudita, Singapur y Estados Unidos por intentar medir el nivel de placer de una persona al rascarse.

Psicología – el alemán Fritz Strack por descubrir que detener una pluma en la boca primero te hace sonreír, después te hace sentirte más feliz y por último, darte cuenta de que no es así. La investigación se publicó en la revista Journal of Personality and Social Psychology en 1988.

Física – Patricia Yang, Alexander Lee, Miles Chan, Alynn Martin, Ashley Edwards, Scott Carver y David Hu, de Estados Unidos, Taiwán, Australia, Nueva Zelanda, Suecia y Reino Unido, por estudiar cómo y por qué los vombátidos (familia de marsupiales que vive en Autralia) son capaces de producir heces en forma de cubo. Resulta interesante que es el segundo premio Nobel Ig Nobel otorgado a Patricia Yang y David Hu. Ellos y otros dos colegas lo compartieron en 2015, por probar el principio biológico de que casi todos los mamíferos vacían sus vejigas en unos 21 segundos.

La ceremonia finalizó con el tradicional discurso de despedida de dos palabras: “Adiós, adiós”.

Muletas de cartón de bajo costo

Rafael Riego, diseñador industrial egresado de la Universidad Anáhuac, creó unas muletas de cartón capaces de soportar hasta 150 kilogramos de peso y que cuestan 40 pesos. Con este aparato quedó como finalista en el concurso James Dyson, edición México.

El concurso James Dyson tiene el objetivo de impulsar a jóvenes estudiantes de las carreras de ingeniería o diseño industrial que hayan terminado su carrera en no más de cuatro años a realizar proyectos innovadores con el fin de resolver problemas sociales, a bajo costo y que sean amigables con el ambiente. En la convocatoria participan 31 países, entre ellos el Reino Unido, Estados Unidos, Alemania, Suiza, España y Canadá. El ganador obtendrá un premio de 780 000 pesos para que pueda iniciar su proyecto.

El dispositivo ortopédico se fabrica con materiales reciclables y está diseñado para ser accesible a un porcentaje alto de la población. Es ligero, fácil de transportar y tiene una vida útil de hasta cinco meses. Se compone de una carcasa en forma de V y dos ejes principales para ajustar la altura como en las muletas convencionales. Este modelo también funciona como bastón cuando se acomoda para empacarse. El tipo de cartón que se requiere, de alta resistencia, puede adaptarse a las necesidades específicas de climas o terrenos diferentes.

Riego ha practicado artes marciales toda su vida, y ha sufrido cinco lesiones de tobillo y rodilla, lo que lo obligó a usar muletas y bastón varias veces. Esta experiencia le hizo pensar en las personas que no tienen acceso a aparatos ortopédicos costosos y el riesgo que implica utilizar métodos inseguros para suplir esa necesidad. Ya en su carrera, estudió diferentes tipos de laminación del cartón, así como la geometría y el diseño de la obra del arquitecto español contemporáneo Santiago Calatrava. Al quedar como finalista, Rafael Riego aseguró que se dedicará a patentar su diseño y a obtener una asesoría financiera que le permita construir una planta productora para el diseño de aparatos construidos con cartón y papel reciclado.

El legado de los Hinton

Para conservar un ecosistema es necesario primero entender qué especies lo conforman, cómo se relacionan, cuándo se reproducen, cuáles son las especies polinizadoras y qué clima lo domina. El primer paso lo dan los taxónomos, biólogos que se dedican a colectar y clasificar organismos y estudiar sus relaciones filogenéticas.

En el último número de la revista Botanical Sciences de la Sociedad Botánica de México se publicó un artículo sobre tres generaciones de la familia Hinton y su legado al conocimiento de la flora de nuestro país.

Esta historia empezó en la ciudad de Londres en 1882, cuando nació George B. Hinton, hijo de padres británicos, ambos matemáticos y escritores. La familia se fue a vivir primero a Japón y después a Estados Unidos. George estudió ingeniería metalúrgica y en 1911, cuando tenía 29 años, emigró a México. Poco después se fue a trabajar a la mina El Rincón, en el Municipio de Temascaltepec, Estado de México. Ahí, el botánico británico Arthur Hill, entonces director de los Reales Jardines Botánicos de Kew, le propuso recolectar plantas de los alrededores de la mina, una región poco conocida para la ciencia. George aprendió a colectar y preservar plantas. En 1937 se le unió su hijo James, y más tarde su nieto, George Sebastian. De cada planta preparaban varias muestras que enviaban a distintos museos, jardines botánicos y universidades, como los herbarios del Kew, la Universidad de Harvard, el Museo Británico, el Herbario Nacional del Instituto de Biología de la UNAM y la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional. George Hinton falleció en 1943, pero su hijo y su nieto siguieron colectando plantas.

Recientemente, unos investigadores del Instituto de Biología se dieron a la tarea de consultar la lista de especies y bases de datos, tanto nacionales como extranjeras, para poder evaluar la contribución real de la familia Hinton al conocimiento biológico de nuestra flora. Analizaron 28 947 registros de 1 654 localidades diferentes de 5 730 especies. Muchas de las plantas colectadas por los Hinton son de regiones aún poco estudiadas, o que ya han sido destruidas, por lo que la información resulta invaluable. El artículo concluye que las tres generaciones de Hinton, a través de décadas, colectaron miles de plantas de 13 estados y aportaron conocimiento científico acerca de seis géneros y 621 especies que no habían sido descritas por la ciencia, un récord difícil de igualar.

Los mejores aliados: los árboles

Enfrentamos un reto de enormes proporciones como resultado del cambio climático. Sabemos que la temperatura del planeta se ha elevado cerca de 0.9 ºC, los océanos se están acidificando, las capas de hielo de los polos se derriten, los glaciares retroceden, ha aumentado el nivel del mar y los eventos climáticos extremos, como huracanes, ciclones y sequías, aumentan en intensidad. Ante este panorama, científicos de todo el mundo están planteando distintas formas de entender cómo adaptarnos a estos cambios y de reducir la producción y cantidad de gases de efecto invernadero.

Un equipo internacional de investigadores de la FAO y la Escuela Politécnica Federal de Zúrich se dedicó a buscar un método efectivo de combatir el cambio climático y llegaron a la conclusión de que los seres humanos nos deberíamos dedicar a sembrar árboles por millones.

Los árboles tienen una característica que los hace poderosos aliados contra el cambio climático: absorben el CO2 de la atmósfera, que no es el único, pero sí de los más importantes gases de efecto invernadero. Lo absorben y lo fijan en su tronco y ramas. Los investigadores analizaron 80 000 fotos satelitales de la superficie sólida del planeta, que categorizaron de acuerdo con 10 características de suelo y clima. Con esta información detectaron las áreas que eran adecuadas para sembrar distintos tipos de bosques nativos y que no eran zonas de cultivo ni urbanas. Concluyeron que hay 1 600 millones de hectáreas en las que se podrían sembrar bosques y que si reforestamos 900 millones de héctareas, un área similar a la superficie total de Estados Unidos, los árboles, ya maduros, absorberían tanto CO2 en las siguientes décadas que eliminarían 2/3 partes de las emisiones de carbono producidas por los seres humanos desde la Revolución Industrial.

Los resultados de esta investigación se publicaron en la revista Science y muestran que esta podría ser la manera más efectiva de combatir el cambio climático. Otras acciones deberían de hacerse en paralelo, como sustituir los combustibles fósiles por energías limpias y reducir la producción y consumo de plástico, ya que necesitamos algunos años para que los árboles alcancen su máxima capacidad de absorción de CO2. Son muy buenas noticias.

 

Martha Duhne

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