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19 de enero de 2018
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Ráfagas

No. 36

Nueva especie de salamandra en México

Una nueva especie de salamandra acaba de ser descubierta en el estado de Veracruz, México, por un grupo de zoólogos. Lo más asombroso del caso es que esta nueva especie, que habita en el suelo, es prácticamente idéntica a una salamandra arborícola que vive en las laderas de unas montañas situadas a varios kilómetros de distancia. Por medio de análisis de ADN los investigadores determinaron no sólo que se trata de especies distintas, sino que aparentemente descienden de ancestros diferentes, esto es, ni siquiera son parientes muy cercanos.

Este descubrimiento es una de las muchas sorpresas que nos han dado los biólogos en los últimos años, cuando empezaron a comparar el ADN de distintas plantas y animales para determinar su árbol genealógico y las relaciones de parentesco que tienen con otras especies. Y en algunos casos —como en éste— resulta que lo que en un principio se pensó eran distintas poblaciones de una misma especie, son de hecho diferentes especies, tan distintas genéticamente como una vaca de un caballo.

La salamandra pertenece a la clase de los anfibios, vertebrados semiterrestres que, a diferencia de los peces, pueden vivir en la tierra pero tienen que regresar al agua para poner sus huevos y no pueden permanecer por mucho tiempo en el aire seco. Esta clase se divide en tres órdenes: los anuros, que son las ranas y sapos; los urodelos, grupo al que pertenecen las salamandras, y los ápodos, anfibios sin extremidades, parecidos a gusanos.

El hallazgo, reportado en los Proceedings of the National Academy of Sciences de los Estados Unidos, fue realizado por los investigadores David Wake, de la Universidad de Berkeley y Gabriela Parra-Olea de la Universidad de Harvard, quien en poco tiempo se reincorporará como investigadora a la UNAM. Este hallazgo demuestra un concepto evolutivo conocido por los biólogos como paralelismo, en donde dos organismos distintos desarrollan de manera independiente la misma adaptación a un medio particular.

En el curso de miles de años de evolución, algunas especies de salamandra se adaptaron a vivir en el suelo de los bosques, donde es necesario escarbar en la tierra muy rápidamente, tanto para construir las madrigueras como para escapar de sus depredadores. Así, todas las salamandras que viven en este hábitat son más largas y delgadas y tienen las patas más cortas que las que continúan viviendo en los árboles. En el estado de Veracruz es muy común una especie de salamandra, Oedipina, que tiene 22 vértebras de la cabeza a la punta de la cola, ocho más que sus parientes arborícolas que tienen 14. Cuando Parra-Olea colectó varias salamandras idénticas a éstas en unas lomas en los Tuxtlas, una llanura costera localizada en el sur del Golfo de México, pensó que eran de la misma especie. Pero al analizar el ADN descubrió que se trataba de otra especie, Lineatriton, la cual evolutivamente, resolvió el problema de la colonización del hábitat terrestre de una forma diferente, manteniendo el número de vértebras en 14 —igual que las arborícolas— pero éstas son mucho más largas, por lo cual ambas especies se ven muy parecidas: grandes y delgadas. En estudios posteriores los investigadores descubrieron que estas especies no son parientes cercanos.

Esta investigación fue financiada por el National Science Foundation, la National Geographic Society y el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de México.

México y las Canarias unidos por los cielos

Los institutos mexicanos de Astronomía de la Universidad Autónoma de México y el Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica han suscrito un convenio con el Instituto de Astrofísica de Canarias de España, para la construcción de un nuevo y poderoso instrumento óptico, el Gran Telescopio de Canarias, GTC, que entrará en operación a principios del 2003.

Según este acuerdo, los centros de investigación mexicanos aportarán cinco millones de dólares (cerca del 5% del costo total). Los astrónomos de estos centros podrán usar el telescopio el 5% del tiempo de observación y contribuirán con un porcentaje similar en los gastos de operación del instrumento. El GTC estará ubicado en la isla canaria de la Palma, en el Observatorio de Roque de los Muchachos, un lugar en el que la geografía y el clima se unen para proporcionar condiciones excepcionales para la observación astronómica. El sitio se halla a 2 400 metros sobre el nivel del mar, por encima de la región donde se encuentran las nubes; gracias a los vientos alisios, la atmósfera ahí es estable y muy transparente.

La cúpula del telescopio tendrá una forma esférica de 34 metros de diámetro, casi 26 de altura y cerca de 500 toneladas de peso, y estará apoyada en su base en unos rieles que le permitirán rotar 360 grados, y dirigir así el telescopio en cualquier orientación. La cúpula ha sido diseñada, como todo el edificio del GTC, para facilitar la ventilación y reducir al mínimo las perturbaciones térmicas producidas en su interior.

El espejo primario del telescopio estará compuesto por un mosaico de 36 elementos hexagonales de 1.9 metros de diagonal cada uno que formarán, al acoplarse, una superficie hexagonal de 11.4 metros de un extremo al otro. Al disponer de esta gran superficie colectora, el GTC podrá registrar objetos muy distantes y débiles de nuestro Universo, desde galaxias lejanas recién nacidas, hasta sistemas planetarios en estrellas de nuestros alrededores; este telescopio también buscará la materia oscura para indagar en su misteriosa naturaleza. Así, astrónomos mexicanos y españoles se han unido por una pasión que no conoce fronteras: entender el cosmos.

¿Cómo reconocemos una cara?

El funcionamiento del cerebro es un tema que ha intrigado y fascinado al ser humano desde siempre: cómo pensamos y recordamos, por qué nos enojamos y nos enamoramos, qué diferencia en este nivel a un asesino serial de un poeta. En esta rama de la ciencia un importante grupo de investigadores se ha dedicado a tratar de entender cómo y cuándo aprendemos a distinguir a las personas por sus rostros. El tema, al que probablemente no hemos dedicado mucho tiempo de reflexión, es realmente impresionante: unos más y otros menos, todos tenemos la capacidad de reconocer un rostro, muchas veces con haberlo visto sólo una vez. Incluso podemos reconocer los rasgos estilizados de una cara en una caricatura hecha con pocos trazos. ¿Cómo lo hacemos? ¿Nacemos con esta capacidad o la desarrollamos?

Ya se sabe que existe una pequeña área del cerebro localizada detrás de la oreja derecha, especializada en percibir y reconocer los rostros de las personas. Quienes por algún golpe o lesión se dañan esta zona, pierden la capacidad de reconocer las caras conocidas y de retener la información de las nuevas.

También se sabe que un bebé recién nacido posee una visión muy simple y borrosa del rostro humano y, aún así, le atraen de inmediato y muy claramente las caras de las personas y las prefieren a cualquier otro objeto que se les presente. Apenas unas horas después de nacido, el bebé empieza a imitar las sonrisas, muecas y otras expresiones de los adultos con los que tiene contacto y reconoce claramente la fotografía del rostro de su madre si la colocan junto al de cualquier otra mujer.

Recientemente, Richard le Grand y un grupo de investigadores de la Universidad McMaster en Ontario, Canadá, realizaron un estudio que ha dado resultados asombrosos: examinaron a 14 personas que habían nacido con cataratas en ambos ojos, por lo que no pudieron ver hasta que les practicaron una cirugía, cuando tenían entre dos y seis meses de edad. Le Grand y su equipo hicieron la serie de pruebas cuando estas personas ya tenían de nueve a 21 años y descubrieron que todas tenían problemas para reconocer los rostros de la gente. Por ejemplo, cuando les mostraban dos fotos de la misma cara que habían sido alteradas de forma que los rasgos estaban distribuidos de diferente manera —una con los ojos muy próximos y poco espacio entre la nariz y los labios y la segunda con los ojos muy separados y un gran espacio entre la nariz y los labios— estas personas no pudieron encontrar ninguna diferencia entre ellas. Así, los resultados demostraron que la experiencia visual que tienen los bebés durante los primeros días de su vida es indispensable para que se dé un desarrollo normal en el proceso de reconocimiento de las caras. Estudios como éste aportan valiosa información no sólo en torno a este tema, sino a uno mucho más complejo: el funcionamiento del cerebro humano.

Desaparecen varios metros de playa

El pasado 8 de septiembre ocurrió un fenómeno geológico muy extraño en Mismaloya, una pequeña playa localizada 15 kilómetros al sur de Puerto Vallarta, Jalisco: desaparecieron nueve metros lineales de playa y para finales del mes se habían sumergido en el mar otros 50 metros. Expertos calculan que la arena que se ha “comido” el mar equivale a unos 26 mil camiones de volteo de seis metros cúbicos, es decir, casi 156 mil metros cúbicos de arena.

Un equipo de investigadores de la Universidad de Guadalajara, entre los que se encuentran Francisco Núñez Cornú y Amilcar Cupul, ha realizado varios estudios para evaluar las condiciones del fondo marino de la ensenada de Mismaloya. Escogieron seis zonas perpendiculares a la costa en profundidades que varían de 10 hasta 70 metros, y encontraron que el área presenta pendientes muy pronunciadas (entre 20° y 60° ). La dinámica costera de la zona está gobernada por el aporte de sedimentos del río Mismaloya, los cuales son distribuidos a lo largo de la playa por el oleaje y el sistema de corrientes. Pero Mismaloya tiene otras características que se sumaron para producir este fenómeno: en primer lugar es una playa localizada entre dos puntas rocosas que mantienen el material atrapado entre ellas y por otro lado, el oleaje y las corrientes no son lo suficientemente poderosas para regresar este material hacia la playa, por lo tanto gran parte se acumula sobre el ya existente. Los investigadores concluyen que el peso de los sedimentos, su baja compactación y las pendientes pronunciadas de la costa dieron como resultado los eventos de deslizamiento, y añaden que este proceso se magnificó recientemente por los efectos del huracán Juliette sobre el oleaje. Es como si en una montaña ocurriera una avalancha, en la cual cientos de toneladas de material se deslizan hacia su base. Esto continúa sucediendo hasta que se logra un equilibrio y el material vuelve a quedar en reposo. Debido a la gravedad que reviste el fenómeno, los investigadores seguirán estudiándolo y los organismos de protección civil estatal y municipal, así como la Armada de México, se mantienen en alerta.

¿Dónde está el doctor?

Durante los últimos 100 años, pocas profesiones han cambiado tanto como la medicina. Para constatarlo, imaginemos a un médico atendiendo a su paciente en los albores del siglo pasado; pensemos en el trato que tendría con él, de qué hablarían y cuáles serían las herramientas con las que contaba el doctor para realizar su diagnóstico e indicar un tratamiento. ¿Qué analgésicos y otros medicamentos existían? ¿Qué tipo de análisis se practicaban? Ahora veamos lo que sucedió recientemente en una clínica en Estrasburgo, Francia, donde la paciente era una mujer de 68 años que necesitaba una operación en la vesícula biliar. La intervención quirúrgica duró poco menos de una hora. La paciente se recuperó perfectamente y abandonó la clínica en dos días. La operación se realizó por medio de una laparoscopía, procedimiento en el cual se practican de tres a cinco orificios en el abdomen y a través de éstos se introduce tanto una lámpara que ilumina la operación, como un cable de video (que transmite las imágenes a una pantalla), y los instrumentos que necesita el cirujano, como las pinzas, tijeras, láser, engrapadoras, ligaduras, etc. Este tipo de operación le ahorra al paciente todas las molestias del post operatorio que se dan en una cirugía mayor. Gran cantidad de operaciones se hacen por medio de laparoscopía, la verdadera novedad es que el cirujano operó a la paciente de Estrasburgo desde Nueva York, a más de 7 000 kilómetros de distancia, con la asistencia de 40 médicos, anestesistas, ingenieros en telecomunicaciones y un robot. Ésta fue la primera teleoperación realizada a través del Atlántico, que involucró a dos equipos de médicos unidos por un video y una fibra óptica de gran velocidad. La operación consistió en una laparoscopía asistida por computadora, en la cual un robot mueve los instrumentos de acuerdo a las señales que le manda el cirujano; el doctor y el paciente nunca se tocan. Este tipo de cirugía es muy utilizada en los países europeos, especialmente desde hace diez años, y los investigadores se dieron cuenta que si era posible realizarla con una distancia de varios metros entre el médico y su paciente, también lo era para distancias mucho mayores.

El tiempo para la transmisión de las señales, entre las órdenes que enviaba el médico y lo que veía en la pantalla (es decir, del robot que manipulaba el cirujano en Nueva York al robot que operaba a la paciente en Francia y de regreso al cirujano y a la pantalla de video en Nueva York, o sea 14 000 kilómetros) fue de 200 milisegundos. Los ingenieros habían calculado que sería seguro realizar una operación transatlántica sólo cuando este tiempo no excediera los 330 ms.

Jacques Marescaux del Instituto Europeo de Telecirugía de Estrasburgo, y quien realizó la operación y dirigió a todo el equipo humano que participó en ella, dijo que “se han sentado las bases para la globalización de los procedimientos quirúrgicos; se abre la posibilidad de que un cirujano pueda realizar una operación en un paciente en cualquier lugar del mundo”. Le faltó añadir que en cualquier lugar del mundo que cuente con los recursos necesarios.

 

Martha Duhne

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