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16 de julio de 2018
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Ráfagas

No. 83

Un desastre muy anunciado

“El huracán llegó con la furia de una bomba nuclear, produciendo una marejada mortal en el Lago Pontchartrain. El agua subió hasta la parte superior del pesado dique que contiene al lago y después lo rebasó. Cerca del 80% de Nueva Orleans está bajo el nivel del mar —más de 2.4 metros en algu­nos lugares— por lo que el agua empezó a inundar toda la región. Al llegar el agua a ocho metros de altura en algunas partes de la ciudad, la gente se subió a sus techos tratando de escapar. Miles se ahogaron en el oscuro brebaje que muy pronto se contaminó con aguas negras y con desechos industriales. Fue el peor desastre natural en la historia de los Esta­dos Unidos.” Este párrafo es parte de un artículo de Joel K. Bourne, Jr., publicado en la revista Natio­nal Geographic. Con todo lo que se ha escrito, dicho y transmitido en las últimas semanas sobre las atroces consecuencias del paso del huracán Katrina por las costas del sureste de los Estados Unidos ¿por qué resulta interesante? Porque el párrafo termina así: “¿Cuándo sucedió esta calamidad? No ha pasado, todavía.” Y es que este artículo fue publicado en el mes de octubre del año 2004, 10 meses antes del arribo de Katrina. Y Joel Bourne no fue el único que escribió sobre el desastre que llegaría cualquier año de estos a devastar la zona. Mark Fischetti publicó en octubre de 2001, en la revista Scientific American, un extenso artículo que inicia así: “Un fuerte huracán podría cubrir Nueva Orleans bajo siete metros de agua, matando a miles de personas”. Y más adelante señala: “Nueva Orleans es un desastre en espera”.

Si ya se sabía el riesgo que corrían la zona y sus cientos de miles de habitantes, ¿por qué no se evitó la catástrofe? La res­puesta seguramente va a ser compleja, en especial debido a que esto sucedió en el país más poderoso del planeta.

Un desastre muy anunciado

Esta región es el delta del río Missis­sippi, donde, cuando no llovía, los suelos se compactaban de manera natural y se hundían, deslizándose hacia el mar. Pero durante las inundaciones de primavera, el río depositaba nuevas capas de sedimento, lo que mantenía un equilibrio entre el apor­te y la pérdida de sedimentos en la zona. Debido a estas peculiares características, aquí se desarrolló, a través de miles de años, la zona de humedales más grande de los Estados Unidos.

En 1927, después de una inundación, se construyeron diques de contención de concreto que siguen la trayectoria del río desde el norte del estado de Luisiana has­ta la costa. Desde entonces, el agua y los sedimentos que acarrea el Mississippi ya no se quedan en los suelos del delta, sino que van a dar al mar, sin que la costa vuelva a reabastecerse de ellos. Esto ha ocasio­nando una pérdida de área costera, que es “tragada” por el mar. De acuerdo con Shea Penland, geólogo de la Universidad de Nueva Orleans, el índice de pérdida de playa en el Puerto Pourchon, en la costa de Luisiana, es el más alto del país y equivale a 65 kilómetros cuadrados por año. Al impedir que la zona se inundara y se rellenara año con año, se aceleró un proceso que existía previamente, pero a una escala menor: el hundimiento de los suelos.

Además, desde los años 50 se empeza­ron a construir más de 13 000 kilómetros de canales para permitir el intenso tráfico de barcos petroleros que hay en la zona, que sustenta una de las más importantes infraestructuras de petróleo del país. La red de canales permitió que el agua salada del mar entrara a los pantanos, afectando buena parte de la vegetación que ahí exis­tía, y que cortara el flujo natural de agua que se da en los humedales, lo que está causando su gradual desaparición. Y con ella, desaparece también la protección que ofrecen los humedales contra los hu­racanes, porque la vegetación fija el suelo y actúa como una barrera natural, pero además los humedales son como esponjas, que tienen la capacidad de absorber una importante cantidad de agua.

El peligro que corría Nueva Orleans estaba bien documentado y desde los años 80 se han solicitado al Congreso fondos para enfrentar el problema. El Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos elaboró hace dos años un proyecto para proteger la zona costera de Luisiana. Pero el costo de 14 000 millones de dólares a lo largo de 30 años le pareció demasiado elevado al gobierno federal. Desde los años 90, el gobierno estadounidense destinó 40 millones de dólares por año para la zona. Demasiado poco, según Len Bahr, director de la Oficina de Actividades de la Costa en Baton Rouge. Se trataba de invertir en acciones cuyos resultados no se verían en corto plazo. Y de pronto, un mal día, el huracán Katrina dio en el blanco.

Tráfico por Internet de especies en peligro

El precio de cualquier mascota es mayor cuando el animal tiene un certificado de que es pura san­gre. Pero si el animal es de vida silvestre, el precio puede llegar a ser astronómico. Por eso este tipo de comercio, obviamente ilegal, se ha convertido en un negocio multimillonario. Y pe­ligroso para la fauna silvestre, ya que muchas especies están consideradas en estado crítico de extinción. En agosto pasado, una investigación realizada por el Fondo Internacional para la Protección de los Animales y su Hábitat (IFAW por sus siglas en inglés) reveló cómo una gran variedad de animales de vida silvestre son comercializados de forma ilegal por Internet. El estudio sólo se enfocó a cinco categorías: primates vivos, productos elaborados de partes de elefantes, tortugas marinas y terrestres, reptiles y felinos salvajes. Y únicamente revisaron los sitios electrónicos del Reino Unido, Estados Unidos, India, Israel y Ale­mania, lo que significa que los resultados del estudio son sólo una fracción del total de este tipo de comercio.

En el estudio, que tuvo tres meses de duración, encontraron que en una sola semana más de nueve mil animales vivos o productos derivados de ellos fueron vendidos en páginas de Internet de habla inglesa, en salas de conversación (los famosos chatrooms), así como en eBay, una página de subastas que cuenta con 157 millones de usuarios registrados en todo el mundo. Algunos ejemplos de venta ilegal detectados incluyen un gorila (por 8 100 dólares), un tigre siberiano, cuatro chimpancés bebés vestidos como muñecos (60 000 dólares cada uno) y otras especies en peligro. Partes de animales incluyeron caparazones de tortugas de carey, uten­silios de marfil y medicinas tradicionales asiáticas elaboradas con partes de tigres y rinocerontes. También había especímenes di­secados de leones y osos polares.

Observatorio climático en Veracruz

Es muy difícil con­trolar el comercio ilegal de especies por Inter­net porque trasciende fronteras geográficas y porque generalmente los anuncios no se man­tienen en las páginas electrónicas por más de 24 horas, para evitar ser rastreados.

Chris Cutter, del IFAW, dijo que están trabajando con eBay y esta compañía va a co­locar, en el margen de sus páginas de subastas, un anuncio con la leyenda “vida silvestre y productos de vida silvestre” para facilitar el reporte de pro­ductos de los que se tenga sospecha. Pero la mejor manera de detener el tráfico de es­pecies silvestres es informar a los posibles compradores que se trata de una actividad ilegal que está afectando severamente la supervivencia de muchas especies y sobre todo lograr que se termine la demanda. Ponerle a un chimpancé pañales y moñitos en la cabeza es ridículo pero, más que eso, es una tragedia para un animal que tiene el derecho de vivir en libertad.

Observatorio climático en Veracruz

En el estado de Veracruz, en el Cofre de Pe­rote, se instalará el primer Centro Nacional de Observación Climática Global de Gran Altitud, donde se va a realizar el monitoreo integral de la atmósfera, la biosfera y la litosfera, incluyendo monitoreo solar, cli­matológico, sismológico, hidrológico, y de flora y fauna. A partir de estos monitoreos se podrán definir líneas de investigación para estudiar los ciclos del carbono y el hidrológico, así como los aerosoles y la capa de ozono. Toda esta información permitirá evaluar la manera en que las actividades humanas están afectando al planeta.

El centro tendrá un costo inicial de 20 millones de pesos, que aportarán el gobier­no de Veracruz y el Sistema Internacional de Monitoreo Ambiental, el SIMA. Será operado por científicos de la Universidad Veracruzana y supervisado por la Adminis­tración de Vigilancia Oceánica y Atmosfé­rica (NOAA, por sus siglas en inglés) de los Estados Unidos.

El centro contará con antenas de muestreo de bióxido de carbono, ozono, aerosoles, cloroflurocarbonos (que dañan la capa de ozono) y también con un centro regional de observación a nivel del mar en el Golfo de México.

El observatorio va a desarrollar proyec­tos con varios organismos internacionales, como la Administración de Mares y Océanos y el Instituto del Clima, ambos de los Esta­dos Unidos; las Naciones Unidas; el Centro Nacional para la Prevención de Desastres; el Servicio Meteorológico Nacional, y a nivel local, con todos los ayuntamientos del estado de Veracruz.

Para elegir el mejor sitio dónde cons­truirlo, se recorrieron varias regiones del país, como las montañas del Valle de México, Zacatecas y Durango, entre otras, y la que mejores condiciones ofreció fue el Cofre de Perote por su altura, accesibilidad a la cima, suministro de energía eléctrica y proximidad a las costas, aseguró el coor­dinador del proyecto, Luis Roberto Acosta, quien también es director del SIMA.

En el mundo existen ya 23 centros de Observación Climática de Gran Altitud pero éste es el primero que se instala en México; se ubicará a 4 200 metros sobre el nivel del mar. Será el centro de observación más alto del mundo, por arriba de los observatorios ubicados en Mauna Loa, Hawai, los Alpes suizos o la meseta del Tíbet en China. Con este observatorio México se integra a los sistemas globales de observación de la Tierra, así como a los mapas de la red internacional de vigilancia climática para estudiar a largo plazo el balance atmosfé­rico global que se ha visto afectado por las actividades humanas del último siglo.

El maíz de Oaxaca libre de transgénicos

Científicos del Instituto Nacional de Ecología en México y de la Universidad de Ohio en los Estados Unidos anunciaron en agosto de este año que no encontraron evidencia de maíz genéticamente modificado o transgénico en los campos de cultivo del estado de Oaxaca. La investigación apareció en la publicación Proceedings of the National Academy of Sciences, de los Estados Unidos.

En el año 2000 se publicó en la revista Nature una investigación realizada por Ignacio Chapela y David Quist, del Departamento de Ciencias Ambientales de la Universidad de Berkeley, California, que aseguraba que habían detectado plantas de maíz transgénico en algunos cultivos en las montañas de Oaxaca. La investigación fue muy criticada alegando que los resultados podían deberse a errores en la metodología utilizada. Otros estudios realizados por el gobierno mexicano confirmaron la presencia de los transgenes en el maíz cultivado en Oaxaca en los años 2000 y 2001. Esto resultaba altamente probable, debido a que México importa de los Estados Unidos millones de toneladas de maíz, que son una mezcla de variedades modificadas y otras que no lo son. Aunque los granos de maíz no se venden para ser cultivados, sino para elaborar alimentos y para comida de animales, era posible que algunos campesinos los hubieran usado en sus cultivos. Al ser esta región mesoamericana el sitio de origen del maíz, y debido a que en el país no se ha aprobado el cultivo de variedades transgénicas, la noticia resultó muy alarmante y suscitó una acalorada polémica entre quienes apoyan el cultivo de plantas transgénicas y los que opinan que representa una amenaza para la biodiversidad regional. La necesidad de seguir estudiando el tema era evidente.

En la investigación recientemente publicada en Proceedings, se tomaron muestras de semillas de 870 plantas en 125 campos de cultivo de 18 localidades del estado de Oaxaca durante los años 2003 y 2004. Después los científicos buscaron en 153 746 semillas la presencia de dos transgenes (genes que originalmente no pertenecían al genoma del maíz), ya que uno de ellos está siempre presente en todas las variedades comerciales de maíz transgénico, y no detectaron la presencia de ninguno de los dos. Concluyen que la frecuencia de semillas transgénicas en el maíz cultivado en Oaxaca es cercana a cero. No obstante, los inves­tigadores señalaron que los resultados no deben extrapolarse a otras regiones del país. Y también que es altamente probable que en el futuro aumente la presencia de variedades de maíz genéticamente modificado en México, ya que otros países de la zona promueven activamente su cultivo y además existen muchas rutas por donde nuevos transgenes podrían entrar al país y mul­tiplicarse rápidamente.

 

Martha Dunhe Backhauss

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