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11 de diciembre de 2018
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Ráfagas

No. 90

A 20 años de Chernobyl

Cuarenta segundos después de la 1:23 de la mañana del 26 de abril de 1986, una serie de explosiones destruyeron el reactor 4 de la planta nuclear de Chernobyl, situada a tres kilómetros de la ciudad de Pripyat, en la República de Ucrania, parte de la hoy desaparecida Unión Soviética. Inmediata­mente después, 50 toneladas de uranio se transformaron en vapor y se difundieron por la atmósfera, seguidas por 70 toneladas más de uranio y 900 de grafito radiactivo. Las emisiones de la planta accidentada causaron más de 30 incendios y produjeron una nube radiactiva que cubrió buena parte del hemisferio norte del planeta.

La cantidad de radiación que se liberó en el accidente de Chernobyl fue 100 veces mayor que la de las dos bombas nucleares lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki, y contaminó con niveles peligrosos de ra­diactividad un área de 155 000 kilómetros cuadrados. El desastre dejó su huella radiactiva en 23% de la superficie de la República de Bielorrusia, 5% del territorio de Ucrania y 0.6% de la Federación Rusa.

El gobierno soviético tardó tres días en reconocer el accidente y evacuar a las personas que vivían en Pripyat, quienes hasta ese momento seguían con sus acti­vidades normales: los niños salían a jugar en los patios de las escuelas, la gente iba al mercado y a trabajar y cuidaba sus jardines, bañándose en una invisible capa de material radiactivo que cobraría la vida de muchos de ellos o les ocasionaría diversos padecimientos, en especial cáncer de tiroides.

En las siguientes semanas, cientos de miles de científicos, soldados y trabajado­res, llamados “liquidadores”, provenientes de todas las repúblicas de la Unión Soviéti­ca, fueron ubicados en campamentos erigi­dos en los límites de la zona de exclusión para controlar el desastre. En el lapso de unas semanas cubrieron el reactor 4 con un caparazón de concreto y acero, al que apropiadamente llamaron “el sarcófago”.

Y el primero de octubre de 1986, las turbinas del reactor 1 de Chernobyl empezaron a funcionar otra vez. Las de los reactores 2 y 3 lo hicieron pocos días después.

El número de muertes ocasionadas di­rectamente por el desastre nuclear sigue siendo un punto de debate. El año pasado, el Organismo Internacional de Energía Atómica de la ONU, la OIAE, publicó un reporte (con la participación de más de 100 científicos de todo el mundo) en el que se estima que podrían morir 4 000 de las 600 000 personas que estuvieron expuestas a niveles altos de radiación en la Unión Soviética. A otras 4 000 se les ha diagnosti­cado cáncer de tiroides, que actualmente puede curarse con medicamentos que se toman de por vida.

Podría pensarse que, 20 años después, el horror ha terminado y que los habitantes de los tres países más afectados, Rusia, Ucrania y Bielorrusia, lo recuerdan como una pesadilla del pasado, pero la verdad es que el accidente sigue causando estragos. Por ejemplo, el gobierno de Bielorrusia gas­ta hasta la fecha el 20% de su presupuesto nacional en acciones que debe tomar como consecuencia del accidente de Chernobyl, y el 21% de su territorio sigue con niveles de radiación superiores a los considera­dos como riesgosos para la salud. Cinco millones de personas viven hoy en día en zonas aún contaminadas, donde todavía es peligroso comer alimentos silvestres y están restringidas la agricultura y la ganadería. Incluso, de acuerdo con el reporte de la OIAE, actualmente “se ha observado una elevada transferencia de cesio radiactivo de los líquenes a la carne de reno, y de esa carne al ser humano en el Ártico y en las zonas subárticas, con altos niveles de contaminación de la carne de reno en Finlandia, Noruega, Rusia y Suecia”. En los tres países afectados y en Escandinavia si­gue estando restringido el acceso a algunas zonas forestales, así como la explotación de productos alimenticios como las bayas y las setas, y la recolección pública de leña.

Pero lo mas terrible es que, de acuerdo con el reporte de la OIEA, “El sarcófago protector se erigió con rapidez; ello se tradujo en algunas imperfecciones en el sarcófago mismo, y no permitió reunir datos completos sobre la estabilidad de la unidad dañada. Además, la corrosión ha afectado algunas partes del sarcófago en estos 20 años. El mayor peligro potencial que plantea el sarcófago es que se hundan sus estructuras superiores y se libere pol­vo radiactivo”. También se asegura que: “Todavía no se ha elaborado una estrategia completa respecto a los desechos radiac­tivos de actividad alta y de periodo largo generados por las actividades de reparación del pasado. Muchos de esos desechos se almacenaron temporalmente en zanjas y vertederos que no cumplen los requisitos de seguridad de los desechos actualmente en vigor.” Menos mal que ya pasaron 20 años.

Descubren método para producir un fármaco

Cerca del 10% de la población de México sufre de hipercolesterolemia, es decir, tiene niveles de colesterol en la sangre por encima de los considerados normales. La acumulación de colesterol y de materia grasa en las paredes de las arterias (proceso conocido como ateroesclerosis) reduce el flujo sanguíneo y por consiguiente el su­ministro de oxígeno al corazón, el cerebro y otras partes del cuerpo. La disminución de los niveles de colesterol y de materia grasa en la sangre puede ayudar a prevenir enfermedades del corazón, angina (dolor en el tórax), accidentes cerebrovasculares y ataques cardiacos. La dieta y algunos medicamentos son el eje central para hacer frente a esta enfermedad.

Uno de los fármacos más utilizados en el tratamiento de la hipercolesterolemia es la lovastatina, que funciona reduciendo la producción de colesterol en el organismo. Científicos de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa, dirigi­dos por el doctor Javier Barrios González, desarrollaron un sistema de producción que permite obtener lovastatina en un vo­lumen 30 veces mayor que con el método convencional.

La producción convencional de lovasta­tina se realiza en cultivo líquido de cepas de Aspergillus terreus. Este hongo es el que se produce en la fruta cuando empieza a descomponerse y que se ve como una capa de algodón, que luego dará lugar a unas esporas de coloración verde o naranja. Las esporas son utilizadas en la producción de la lovastatina.

Después de más de 15 años de estudio, Barrios y su grupo descubrieron que este proceso de producción de esporas es mucho más rápido cuando se desarrolla en un am­biente sólido. Y en colaboración con George Szacaks, investigador húngaro de la Univer­sidad Tecnológica de Budapest, se dieron a la tarea de desarrollar un soporte seco en el cual Aspergillus terreus pudiera crecer y multiplicarse. Diseñaron uno de material plástico poroso, como una esponja, que, al introducirse en un medio líquido con el cultivo del hongo, absorbe tanto el agua como a las esporas. En este medio lograron generar esporas, la materia prima de la lovastatina, en grandes volúmenes.

El investigador asegura que aunque existen sistemas similares de producción de este tipo de hongos en estado sólido, son mucho menos eficientes. Este nuevo sistema de producción de lovastatina está en proceso de patente y los investigadores esperan comercializar el producto en me­nos de un año.

Cometas de fuego

En enero de 2004, la nave Stardust (“Polvo de estrellas”) de la NASA pasó por la cauda del cometa Wild 2, capturando miles de partículas de polvo en colectores espe­ciales. Dos años más tarde, en enero de 2006, Stardust regresó a la Tierra con su tesoro: las primeras muestras de materia del Sistema Solar colectadas mas allá de nuestra Luna.

Los primeros resultados del estudio de las muestras revelan la existencia de varios minerales que sólo pudieron formarse a las altísimas tempera­turas que existen cerca del Sol o de otra estrella. Esto es sorprendente, ya que los cometas pasan la mayor par­te de su existencia muy lejos del Sol, más allá de la ór­bita de Neptuno. Sabemos que los cometas son bolas de hielo y polvo, pero podrían tener una historia mucho más compleja de lo que se suponía hasta ahora.

Don Brownlee, de la Universidad de Washington, y sus colegas cortaron los pequeños crista­les, de la centésima parte de un milíme­tro, en cientos de muestras y al analizarlas descubrieron que contienen olivina. Este mineral, compuesto de hierro y magnesio, es de los más comunes en el Universo, pero se forma a altas temperaturas, por lo que no se esperaba encontrarlo en un cometa. Los investigadores ofrecen dos hipótesis para explicar el fenómeno. En la primera, sugieren que las partículas se formaron en regiones próximas al Sol, cuando éste tenía sólo 10 millones de años. En esa época, el Sol estaba rodeado por un disco de gas, polvo y hielo, materia prima de los planetas. Los minerales del cometa Wild 2 pudieron formarse en la parte interna del disco para ser arrojadas posteriormente por los vientos solares hasta los límites del Sistema Solar. Allí se agruparon y formaron los cometas.

La segunda hipótesis plantea que los minerales se formaron alrededor de la región interna y caliente de otra estrella que entonces residía cerca de nuestro joven Sol. El viento solar de esa estrella pudo arrojar el material hacia la periferia del Sistema Solar.

Para determinar cuál hipótesis es co­rrecta, los investigadores planean medir la abundancia relativa de algunos isótopos del cometa. Si ésta coincide con la del Sol, se puede concluir que el cometa se formó en el Sistema Solar.

Tláloc envasado

Investigadores del Colegio de Pos­graduados de la Universidad Au­tónoma de Chapingo y de la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro, en Coahuila, desarrollaron un sistema para purificar y envasar agua pluvial a bajo costo, al que han denominado Proyec­to Lluviátl. Esto resulta de vital importancia, si pensamos que abastecer de agua potable a una población de millones de habitantes probablemente sea el mayor reto que enfrentamos en este siglo.

En México se utilizan anualmente 72 000 millones de metros cúbicos de agua, de los cuales 28 000 millones son de aguas subterráneas y 44 000 millones de aguas superficiales. Pero poca o nula ha sido el agua potable que obtenemos direc­tamente de la lluvia, lo cual es ilógico, si pensamos que nuestro país recibe una importante dotación de agua por este medio. La precipitación promedio de México es de 772 milímetros anuales, y el 67% de ésta ocurre entre junio y septiembre. Mientras que en las zonas centro y norte del país la precipitación alcanza como máximo los 500 mm, en la zona sureste está por arriba de los 1 000 mm anuales, y llega hasta los 4 000 mm en las zonas selváticas de Chiapas, Tabasco y el sur de Veracruz.

El sistema ya está en uso en una comunidad mazahua, San Felipe del Progreso, en el estado de México, y en tres comuni­dades purépechas, en Michoacán. De acuerdo con Manuel Anaya Garduño, director del proyecto y coordinador del Centro Interna­cional de Demostración y Capacitación en Aprovechamiento del Agua de Lluvia, los poblados nunca habían tenido agua, ni siquiera de pozos profundos. Entonces se les ocurrió captar el agua de los techos de las escuelas y almacenarla de acuerdo con el sistema que desarrollaron, y eso bastó para dotar a toda la población de agua potable durante todo el año.

El sistema recolecta el agua de lluvia que escurre de techos o laderas por medio de tubos conectados a una gran cisterna, que está tapada con una cubierta oscura y forrada con membranas de PVC para evitar la evaporación, así como los insectos y algas que se reproducen en el agua estancada. Después, el agua pasa a una planta que cuenta con un sistema de filtros de carbono que captu­ran las sales dañinas al organismo. Finalmente se purifica con rayos ultravioleta y ozono para dejarla libre de sedimentos y microbios. Y a diferencia de otros sistemas de captación y almacenamiento de agua de lluvia, que pierden el 40% del líquido por evaporación y otro 30% por contaminación, en este sistema se puede usar para consumo humano el 100 % del agua captada.

Anaya Garduño, quien recibió el Premio de Ecología y Medio Ambiente 2004 de la Fundación Miguel Alemán, aseguró que en los próximos meses se impartirán cursos para construir este tipo de sistemas en otras 20 localidades. Un sistema sencillo y barato que podrá ser una solución para los poblados de nuestro país que no cuentan con este recurso, aunque en época de lluvias se inunden con toneladas de agua que se pierden en los ríos torrenciales que, no tan plácidamente, van a dar al mar.

 

Martha Duhne

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