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24 de abril de 2018
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Retos

No. 57 Ovejas mutantes

Dos cabezas

El paso de Enrique “Manotas” por la Facultad de Química quedará en los anales de la historia universitaria. A pesar de haber sido el alumno más vago, violento, irresponsable y destructor de cuanto instrumental de laboratorio pasara por sus “manitas”, no sólo terminó la licenciatura, la maestría y el doctorado con múltiples menciones honoríficas, sino que fue el primer científico mexicano que, tras colaborar en el proyecto de clonación de la oveja Dolly, huyó de los laboratorios ingleses con todos los archivos relativos a este experimento para luego fundar, cerca de San Juan del Río, su granja de producción de ovinos.

Haciendo gala de sus conocimientos, los primeros experimentos que realizó el “Manotas” de clonación genética, a partir de las células extraídas del tejido muscular de “la negra”, una oveja robada de un rancho de San Miguel de Allende, dieron nacimiento a una serie de ovejas mutantes y carnívoras. Si bien estas ovejas mutantes clonadas en nada se parecían a “la negra”, muchos rancheros las comenzaron a comprar para utilizarlas como “perros” guardianes, debido a su ferocidad y monstruoso aspecto: alcanzaban más de 1.5 m de altura, en ocasiones tenían dos cabezas, la dentadura parecía de cocodrilo y, en cada una de sus cuatro patas, en lugar de pezuñas tenían unas grandes manos, extrañamente parecidas a las del “ Manotas”. Obviamente, para contarlas, nadie podía meterse al corral donde se apiñaban, ya que se corría el riesgo de morir despedazado. Entonces, “Manotas” contaba primero el número de cabezas desde una torre instalada junto al corral, mientras que uno de sus ayudantes, en posición de pecho tierra, contaba el número total de patas en el corral. Si un sábado por la tarde “Manotas” contó 120 cabezas y su ayudante 300 patas, ¿cuántas ovejas había de dos cabezas y cuántas de una sola?

Zoe se baja

Para variar, Zoe ya iba con más de dos horas de atraso para llegar a su trabajo cuando le hizo la parada al pesero. Al subir, el chofer le preguntó su edad. Zoe contestó: “Cuando Pepito nació, Andrea tenía 30 años y Juan uno menos que ésta; pero cuando nació Juan yo tenía exactamente 33 años y, por cierto, Dionisio es un año mayor que yo. Ah y se me olvidaba, ayer Pepito cumplió 10 años”.

Obviamente el chofer del pesero se quedó de a seis, no sabía ni le interesaba quiénes eran Pepito, Andrea, ni Juan ni nadie; sólo quería saber la edad de Zoe para ver si le hacía descuento en el precio del pasaje. Entonces, tildándola de loca, la hizo bajar del pesero y siguió su ruta. No obstante, unas cuadras más adelante, Lalo, quién venía sentado detrás del chofer le dijo a éste: “Oiga, la señora sí alcanzaba descuento y no solamente le puedo decir la edad de ella, sino también la de las otras personas que mencionó”.

Al escuchar esto el chofer le preguntó a Lalo si conocía a todas esas personas. Lalo contestó que no y que no hacía falta conocerlas para saber su edad.

¿Cómo supo Lalo las edades de Zoe y de las personas que ella mencionó?

Soluciones del número anterior

Pa’ llorar. Estaba hablando con el fantasma de su hijo Ignacio, porque la biznieta de la llorona llevaba 70 años muerta.

Competencia en traje de baño. Ana Guevara, Hugo Sánchez, Jorge Campos y Cuauhtémoc Blanco.

 

Antonio Ortíz

En ediciones anteriores
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Medicina espacial*

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El agente secreto de la evolución

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Experimentos con animales, ¿mal necesario?

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