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08 de diciembre de 2022
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Terror a medianoche... ¿o a mediodía?
Ilustración: Georgina Reyes Coria

Terror a medianoche... ¿o a mediodía?

Esteban Santacruz Martínez y Marcos Francisco Rosetti Sciutto

Nuestra susceptibilidad al miedo no es la misma a todas horas. ¿Por qué? Este fenómeno podría estar relacionado con un aspecto central de la evolución de nuestra especie.

El 31 de octubre tiene lugar en Estados Unidos y otros países la celebración de Halloween. Su origen se remonta a un festival de los pueblos celtas de hace 2 000 años, el Samhain; se creía que entonces los dioses se presentaban para atemorizar a la gente con sus engaños y bromas siniestras. Siglos después, el cristianismo convirtió el antiguo festival en la Víspera del Día de Todos los Santos, All Hallows’ Eve; este término derivó en Halloween. Los inmigrantes irlandeses llevaron la celebración a Estados Unidos en 1840. En México muchas personas la han adoptado y adornan sus casas con representaciones de esqueletos, murciélagos, arañas, ataúdes, brujas y otros objetos que evocan la sensación de miedo o terror. Y aunque en general no nos gusta sentir miedo, vemos gustosos las películas de terror que se presentan en esas fechas; entre más nos asusten, mejores nos parecen.

Peligro, peligro...

El miedo es una respuesta fisiológica y emocional a lo que percibimos como una amenaza. También podemos sentirlo ante la posibilidad de que ocurra algo contrario a nuestros deseos. El terror es simplemente una sensación de miedo muy intensa. Ver una película puede hacernos sentir miedo a pesar de saber que todo es falso, incluso imposible y hasta ridículo (¿un muñeco que cobra vida y se dedica a asesinar a todo el elenco?). No hay peligro para nosotros, tranquilamente sentados en el cine o en casa. Pero nos ponemos en los zapatos de los personajes y nos imaginamos que nos ocurre lo mismo que a ellos, lo que basta para compartir su miedo.

Ciertas escenas típicas de las películas de terror están tan arraigadas en la cultura que hallarnos en situaciones similares —un bosque oscuro con neblina, un pasillo donde de pronto parpadean las luces o una puerta que se cierra súbitamente— nos pone los pelos de punta. Esto incluso puede tener consecuencias sobre nuestras acciones cotidianas, llevándonos por ejemplo a dudar si ir hasta la cocina por un vaso de agua a medianoche es una buena idea a pesar de sentir sed.

Tras experimentar un episodio digno de película de terror podemos pensar fría y racionalmente sobre estas situaciones y concluir sin mucha dificultad que el miedo solo está en la mente. Pero esto no es del todo cierto, como veremos.

Parece que viste un fantasma

El miedo desencadena reacciones en el organismo que se pueden considerar signos clínicos: dilatación de las pupilas, sudoración excesiva y piloerección (que se te pongan literalmente los pelos de punta), así como aumento de las frecuencias cardiaca y respiratoria. Muchos de estos signos se usan en las pruebas poligráficas (conocidas comúnmente como detectores de mentiras), las cuales se basan en la idea de que presentarle evidencia de un crimen a una persona culpable causará cambios súbitos en ella por el miedo a ser descubierta.

Hay grandes diferencias individuales que invalidan las pruebas poligráficas para determinar si alguien está mintiendo. Por ejemplo, para algunas personas el simple hecho de ser interrogado basta para producir una respuesta de miedo. Otras en cambio tienen más sangre fría —menos emotividad—, lo que les permite regular su respuesta fisiológica, haciendo que sus mentiras pasen inadvertidas.

En numerosas obras literarias se hace referencia a los signos clínicos del miedo. En El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, el autor describe la reacción del protagonista, Edmundo Dantés, al poner en práctica su plan para escapar del castillo de If. El plan consistía en fingirse muerto, tras lo cual lo arrojarían al mar en un saco cerrado y tendría que liberarse y nadar ocho kilómetros hasta la costa. Dumas describe los signos del miedo de la siguiente manera: “Con una mano apoyada en el pecho trataba de ahogar los latidos de su corazón mientras enjugaba con la otra el sudor de su frente, que corría por sus mejillas. De vez en cuando todo su cuerpo se estremecía con un temblor convulsivo, oprimiéndosele el corazón como si estuviese sometido a la presión de un torno”. Narrativas como esta comunican de manera efectiva un estado de terror porque es más fácil que el lector empatice con la reacción fisiológica extrema del personaje que si el autor simplemente dijera que Edmundo “tenía mucho miedo”.

Las películas de terror también explotan este tipo de elementos descriptivos para comunicar la sensación de miedo del personaje incorporando sonidos asociados con las respuestas fisiológicas, como un corazón latiendo rápidamente o la respiración alterada de las víctimas. Este recurso lo usó por primera vez Edgar Allan Poe en su relato “El corazón delator”, en el que un asesino cree escuchar los latidos del corazón del cadáver que escondió bajo la duela y enloquece de pensar que todos pueden oírlo y que el ruido lo delatará.

Variedad de reacciones

Resulta fácil suponer que la mente puede controlar estas respuestas fisiológicas al miedo. Sin embargo, es casi imposible separar las sensaciones psicológicas asociadas al miedo de las reacciones corporales que desencadena. Por ejemplo, ingerir alimentos con un contenido alto de estimulantes como cafeína o azúcar puede ser suficiente para hacernos sentir ansiosos, lo que puede volvernos más susceptibles a asustarnos con un ruido fuerte (para controlar la ansiedad puedes regular tu respiración de manera que disminuya tu frecuencia cardiaca. Una técnica consiste en inhalar por cuatro segundos, sostener la respiración brevemente y exhalar lo más lento posible.)

Como ves, para experimentar plenamente el miedo es necesaria una constante comunicación entre el cerebro y el resto del organismo, lo que descarta la concepción clásica de que son cosas separadas.

En situaciones de peligro, el sistema nervioso simpático (SNS) coordina una amplia variedad de reacciones destinadas a mejorar nuestras probabilidades de supervivencia; por ejemplo, ante una amenaza podemos defendernos (pelear) o poner tierra de por medio (huir). El SNS es parte del sistema nervioso autónomo, que no puedes controlar de manera consciente. Las respuestas mediadas por el SNS son automáticas, lo que te permite reaccionar más rápida y eficazmente sin tener que pensar. Frente al peligro este sistema hace que se libere el neurotransmisor noradrenalina o las hormonas de las glándulas adrenales, como la adrenalina y el cortisol. Estas sustancias son las responsables de muchas de las reacciones fisiológicas relacionadas con el miedo. Si las inyectáramos en el organismo obtendríamos las mismas reacciones.

Además de los efectos visibles mediados por estas hormonas y neurotransmisores, hay otros que son menos evidentes, pero que también son importantes y están asociados con un aumento en la capacidad de movernos (para pelear o huir). Por ejemplo, incrementar la tensión muscular y la dilatación de vasos sanguíneos permite que la sangre llegue más fácilmente a los músculos. También aumenta la concentración de azúcar en la sangre para darnos más energía.

¿Valiente o temerario?

El miedo nos da la posibilidad de huir de asesinos seriales o, si existieran, de hombres lobo. También podemos ver su utilidad en situaciones más cotidianas, como tomar decisiones. Si estas implican un riesgo (por ejemplo, una apuesta en un juego de cartas), puede notarse el mismo conjunto de cambios fisiológicos que al experimentar miedo.

Fue mediante un juego de apuestas con cartas que el neurocientífico Antonio Damasio observó que, en general, al perder una apuesta aumenta la conductividad eléctrica de la piel (por la transpiración súbita). Sin embargo, en individuos con daño en la corteza prefrontal del cerebro —en la que se encuentran áreas encargadas de realizar un balance costo/beneficio— no aumenta esta conductividad eléctrica. En consecuencia, estos individuos suelen tomar decisiones muy arriesgadas, como elegir opciones en las que la recompensa es alta pero las probabilidades de éxito son bajas. Valdría la pena preguntarnos si los héroes de las películas de miedo son valientes o simplemente malos tomando decisiones.

Noche oscura y tormentosa

Así como es más fácil asustar a alguien con frecuencia cardiaca elevada por tomar demasiado café, también es más sencillo que una película de terror produzca una mayor sensación de miedo si la vemos de noche. ¿Será nada más por la falta de luz, que implica más incertidumbre cuando evaluamos el entorno para ver si hay peligro? Al parecer, no: la hora del día sí afecta. Ver una película de miedo de día, aun cuando la habitación esté a oscuras, no produce la misma experiencia de miedo. Encender las luces al ver una película de noche reduce la sensación de miedo, pero no tanto como verla de día.

En varios estudios científicos se ha encontrado que el efecto potenciador del miedo que tiene la noche es relativamente independiente del efecto de la iluminación. Uno de esos estudios lo hizo un equipo dirigido por Yadan Li, de la Universidad del Suroeste de Chonqing, China. El equipo observó un mayor aumento en los signos fisiológicos asociados al miedo —concretamente la conductividad eléctrica cutánea, la frecuencia cardiaca y la presión arterial— al exponer individuos a imágenes y sonidos terroríficos durante la noche (a las 20 horas) que durante el día (a las 8 horas). Además, no resultó de gran importancia que la habitación donde se realizó el experimento estuviera iluminada o no.

Generalmente no somos conscientes del estado fisiológico de nuestro cuerpo. Pensamos que si no sentimos un cambio es porque no lo hay. Sin embargo, a lo largo del día nuestra frecuencia cardiaca fluctúa, incluso si no realizamos actividad física intensa. La más alta ocurre en el día y la más baja en la noche, sobre todo al dormir. Esta fluctuación también se da prácticamente en todas las hormonas que circulan en la sangre, entre ellas las que se liberan en situaciones de miedo o estrés como el cortisol y la adrenalina. El patrón de variación de estas hormonas es similar al de la frecuencia cardiaca, con su punto más alto cuando estamos despiertos y los más bajos al descansar o dormir. En animales de laboratorio se ha observado que la liberación de las hormonas del miedo y el estrés difiere a lo largo del día. Cuando trasladamos ratas de sus cajas habituales a un ambiente desconocido aumentan sus niveles sanguíneos de corticosterona, que es equivalente en los roedores al cortisol humano. Ese incremento es mayor cuando la introducción a un nuevo ambiente se realiza en el periodo de descanso de los animales. Al igual que nos sucede con las películas de terror, en las ratas el mismo estímulo puede inducir un nivel diferente de miedo dependiendo de la hora del día.

De manera similar, un susto por la noche produce un mayor cambio relativo en la frecuencia cardiaca con respecto al nivel basal. Si esta sube durante la noche, que es cuando debería estar baja, el impacto es mayor porque el aumento proporcional también es mayor. En el día la frecuencia cardiaca en reposo ronda los 75 o 90 latidos por minuto; un estímulo que la eleve a 100 tendrá un impacto menor que si lo hiciera en la noche, cuando esa frecuencia se encuentra entre los 65 y 75 latidos por minuto. En los humanos la frecuencia cardiaca alcanza su punto más bajo entre las 2 y 3 de la mañana... y todos sabemos que nada bueno ocurre a esas horas.

Detrás del miedo

Como muchas otras características biológicas, los ritmos biológicos brindan ventajas adaptativas a los organismos que los poseen, es decir, aumentan la capacidad de supervivencia y reproducción. ¿Tiene alguna ventaja sentir más miedo de noche que de día? La explicación más plausible es que ser más susceptible al miedo en el momento en que un organismo se prepara para dormir lo motiva a buscar ambientes seguros. En caso de no encontrarlos, el organismo no duerme profundamente, lo que le sirve para estar alerta a posibles riesgos y reaccionar adecuadamente. Dormir es muy importante, pero a la vez nos pone en una situación de enorme vulnerabilidad. Mientras dormimos somos incapaces de hacer frente a los peligros —reales o imaginarios— que acechan en la oscuridad. Por lo tanto, encontrar un lugar donde podamos pasar la noche durmiendo sin interrupciones es vital.

Aunque lo anterior podría explicar el porqué de este fenómeno, conocer el cómo, es decir, los mecanismos neuronales subyacentes, es un campo fértil para la investigación psicobiológica. Resulta de gran interés saber cómo modifi ca la conducta nuestro reloj biológico: si nos hace más temerarios y propensos a tomar riesgos y si nos conduce a evaluar situaciones como seguras o peligrosas según la hora del día. Este conocimiento también abre una ventana para entender cómo pueden alterar diferentes condiciones patológicas la percepción del miedo y poner en riesgo el bienestar de los individuos. Por lo pronto, podemos hacer unas palomitas, invitar amigos y poner nuestra película de terror favorita, sin olvidar que para que tenga el mayor efecto hay que verla por la noche, y disfrutar la horrible sensación sabiendo que estamos seguros en nuestras casas.

Esteban Santacruz Martínez es maestro en ciencias y profesor de fisiología animal en la carrera de biología en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Investiga sobre la comunicación entre los sistemas inmunitario y nervioso, en un contexto de ritmos biológicos.

Marcos Francisco Rosetti Sciutto es doctor en ciencias e investigador en el Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM. Estudia los mecanismos de decisión y el desarrollo de pruebas para entender mejor los aspectos conductuales afectados por psicopatologías del neurodesarrollo.

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