25 de mayo de 2024 25 / 05 / 2024

El gran terremoto de Lisboa

Caridad Cárdenas Monroy

Imagen de El gran terremoto de Lisboa

Dominio público

Pasaban lentas las horas de la noche y él no podía conciliar el sueño. Sintió un nudo en el estómago del que brotó una agobiante ola de calor que cubrió su cuerpo, seguida de sudores fríos que le empaparon la frente. Súbitamente se le dificultó respirar y la sensación de ahogo le aceleró tanto el corazón que saltó de la cama y salió de su palacio de campo en las afueras de Lisboa.

El rey José I de Portugal se sintió mejor a cielo abierto, con la brisa nocturna. El monarca acababa de experimentar un ataque de ansiedad —que aún no se llamaba así— por el estrés postraumático que padecía desde el 1 de noviembre de 1755, día que quedó sellado como el más terrible de su reinado y de la historia de su país por un terremoto que destruyó su palacio principal y dejó en ruinas Lisboa. A partir de ese momento el soberano decidió instalarse permanentemente en una serie de cómodas tiendas palaciegas en lo alto de una colina, pues le daba terror vivir bajo un techo que pudiera derrumbarse.

Dejó como encargado de la restauración de la ciudad y del gobierno al primer ministro, Sebastião José de Carvalho y Mello, marqués de Pombal, quien puso manos a la obra y en los años siguientes condujo a Portugal a una renovación completa. Y no sólo reconstruyó la ciudad: también ayudó a cambiar las ideas sobre arquitectura, urbanismo, sismología y atención a desastres.

Un déspota ilustrado

Como era de esperarse en un país católico del siglo xviii, la mayor parte de la gente atribuía el terremoto a un castigo divino, pero el marqués de Pombal, que había pasado algunos años en Austria e Inglaterra nutriéndose de las ideas de la Ilustración, lo vio como una oportunidad para redirigir el futuro de Portugal y afianzar su poder. Instituyó un nuevo código de construcción, sustituyó las estrechas calles medievales por anchas vías que facilitaban la evacuación en caso de emergencia y mejoró el alcantarillado y la recolección de basura.

Al analizar los daños Pombal observó que en algunas zonas había sido mayor la destrucción y más intenso el movimiento, así que organizó un censo para preguntarles a los ciudadanos cómo y a qué hora habían sentido el sismo. Así descubrió cómo se había propagado el movimiento en Lisboa y sus alrededores. El resultado de esta encuesta sirvió para elaborar uno de los primeros mapas de intensidades sísmicas.

Los cambios que realizó en la ciudad reflejaron su interés por potenciar el talento humano: mandó construir nuevas escuelas estatales, públicas y laicas, de primaria y secundaria, en las que sugirió que se enseñaran ciencias naturales y matemáticas, e hizo obligatorio el estudio de estas disciplinas en la Universidad de Coimbra, su alma mater. Construyó un observatorio astronómico y un jardín botánico.

Durante los 22 años que estuvo en el poder el marqués de Pombal también mostró su faceta totalitaria: al hacer entrar en la modernidad a un país profundamente religioso se ganó numerosos enemigos, a los que combatió y castigó cruelmente. Era un “déspota ilustrado”.

El gran terremoto de LisboaLisboa antes de 1755, J. Couse

En el recuento de los daños

El día del terremoto coincidió con la fiesta de Todos los Santos. Los feligreses estaban en misa matutina y cayeron de rodillas en cuanto las ondas sísmicas empezaron a sacudir el suelo. Muchas de las iglesias se vinieron abajo e hirieron o mataron a miles de fieles. Junto con los templos, millares de viviendas quedaron reducidas a escombros.

Cundieron la sorpresa y el terror. Muchas personas, buscando seguridad, corrieron a la desembocadura del río Tajo, pero un enorme tsunami causado por el sismo arrastró a quienes se encontraban en la costa y se abrió camino río arriba, rugiendo e inundando gran parte de Lisboa y poblaciones aledañas. En los barrios que se salvaron de la crecida de las aguas hubo incendios, pues para la celebración religiosa se habían encendido todas las velas de las iglesias. En total, 85 % de las edificaciones fueron destruidas por el sismo, el tsunami o las llamas.

Entre los edificios públicos destruidos estaba el Hospital Real de Todos los Santos, en el que fallecieron cientos de enfermos atrapados por el incendio. También se vino abajo el palacio real de José I de Portugal, en el que, para su fortuna, éste no se encontraba. Su gran biblioteca de 60 mil volúmenes, entre ellos detallados mapas con importantes rutas marítimas, desapareció para siempre. Se esfumaron pinturas de Rubens, Correggio y Tiziano. El edificio de la nueva ópera asimismo fue abrasado por el fuego.

Ese día murieron cerca de 70 mil personas, una cuarta parte de la población de Lisboa. Y en otros países también hubo efectos graves. En España, Francia, Marruecos y Reino Unido el mar subió varios metros y alcanzó ciudades costeras en las que causó más muerte y devastación.

El gran terremoto de LisboaPlano de Lisboa antes del terremoto

El origen del sismo

Hoy sabemos que el terremoto que causó la catástrofe en Portugal y propulsó a la fama al marqués de Pombal se produjo en una región geográfica dominada por la interacción de dos grandes placas tectónicas. En 1755 no se conocía la causa de los sismos, pues se ignoraba la teoría de la tectónica de placas, pero hoy se sabe que la corteza terrestre está dividida en grandes placas, como piezas de un rompecabezas que se mueven entre sí produciendo los temblores.

Dos de las placas más grandes del planeta son la euroasiática, que comprende toda Europa y la mayor parte de Asia, y la africana, que abarca todo el continente. El límite entre ambas placas atraviesa el estrecho de Gibraltar, muy cerca de la costa sur de Portugal, en un rasgo geológico que se llama “zona de fractura Azores-Gibraltar” porque también pasa por las islas Azores en el océano Atlántico. Esa es la región donde se originó el terremoto.

En esta zona de fractura las placas se desplazan con un tipo de movimiento que se conoce como transformante o de desplazamiento lateral, porque no están chocando ni se están separando, sino que se mueven lateralmente una con respecto a la otra. Este tipo de contacto entre placas ocurre también en otras partes del planeta, como en la famosa falla de San Andrés, en California, que es parte del contacto entre otras dos grandes placas tectónicas: la del Pacífico y la de Norteamérica.

Los contactos transformantes también se conocen como límites conservativos porque, a diferencia de otros contactos, en éstos no se crea ni se destruye corteza terrestre, únicamente se mueve. Allí el movimiento relativo de las placas es predominantemente horizontal, con sismos superficiales y pocos volcanes.

Si el terremoto de Lisboa se hubiera producido justo en el límite entre esas dos placas tectónicas probablemente no habría causado un tsunami. Lo sabemos porque los sismos tsunamigénicos, o generadores de tsunamis, se originan por movimientos verticales en el fondo oceánico que empujan la masa de agua hacia arriba y forman las grandes olas que constituyen los tsunamis, como el que ocurrió en 2004 en el océano Índico. Así, lo más probable es que el famoso sismo de 1755 se haya originado en alguna de las fallas geológicas con movimiento vertical que hay cerca de la península ibérica, y no en el límite entre las placas africana y euroasiática.

El gran terremoto de Lisboa

En cuanto a la magnitud no hay manera de determinarla con precisión porque no había sismógrafos que registraran el evento. Los científicos que estudian temblores antiguos y estiman sus magnitudes a partir de datos geológicos e históricos, llamados paleosismólogos, hoy creen que el terremoto de Lisboa de 1755 quizá fue de una magnitud de entre 8.5 y 8.7, lo que equivale a la energía de entre 5 000 y 11 000 bombas atómicas como la de Hiroshima.

En 1949 los famosos sismólogos Beno Gutenberg y Charles Richter propusieron que la magnitud pudo haber sido de entre 8.7 y 9.0, pero lo más probable es que, a pesar de los terribles daños, el terremoto no haya sido tan grande. Esto se deduce por el tamaño de las fallas geológicas de la región, porque mientras mayor es la falla que origina un sismo y más grande el movimiento, mayor es la magnitud de un temblor.

Independientemente de la magnitud del sismo, lo que en especial preocupa es la posibilidad de que se repita. Los sismólogos saben que si ya ocurrió un terremoto de esas características puede ocurrir otro similar en el futuro, pero ¿cuándo?

Es imposible saber cuándo temblará, pero los especialistas saben que ciertos tipos de terremotos tienden a repetirse más o menos cada cierto tiempo; es lo que llaman periodos de retorno. No son nada precisos, pero dan una idea de cada cuántos años podría repetirse un evento telúrico. En el caso del sismo de Lisboa de 1755 el periodo de retorno podría ser de unos 1 000 a 2 000 años, o quizá más (lo que no quiere decir que no pueda ocurrir mañana, sólo que sería poco probable). Tranquiliza pensar que no va a repetirse un temblor similar hasta dentro de tantísimos años… siempre y cuando no consideremos las muchas otras regiones sísmicamente activas en el mundo.

El gran terremoto de LisboaIlustración: revista ¿Cómo ves?

Las placas tectónicas pueden interactuar entre sí de tres maneras: de forma convergente, cuando las placas se mueven una hacia la otra (en estos casos es común que una se desplace por debajo de la otra); divergente, cuando se alejan entre sí, y transformante, cuando el movimiento entre las placas es lateral.

Visiones opuestas

Además del suelo, el terremoto de Lisboa sacudió profundamente las conciencias y la fe: ¿por qué Dios había enviado un terrible sismo precisamente el día de una fiesta religiosa? ¿Por qué tantas iglesias destruidas, y tantos lupanares y tabernas intactos?

El terremoto de Lisboa aconteció en un momento particular de la historia: la Ilustración, un movimiento cultural, intelectual y filosófico que buscaba combatir la ignorancia y el fanatismo. Los estudiosos de la época escribieron obras analizando el temblor y todo lo acontecido en torno a él. Esto contribuyó a un cambio en la visión social y natural del mundo.

El gran terremoto de Lisboa

Por ejemplo, Voltaire, el famoso escritor francés, compuso su “Poema sobre el desastre de Lisboa”, en el que habla sobre la naturaleza del mal y la relación entre Dios y la humanidad, y cuestiona la idea de que el temblor haya sido un castigo divino. Argumentó que la tragedia fue un acontecimiento natural que debía abordarse por medio de la razón.

El suizo Jean-Jacques Rousseau respondió a Voltaire en una célebre carta, alegando que no es la naturaleza la que construye edificios para después derrumbarlos y que “si los habitantes de esa gran ciudad hubieran estado más equitativamente distribuidos y menos hacinados, los daños habrían sido mucho menores y quizá insignificantes”. Rousseau subrayó que no fue un desastre natural, sino una construcción social: si las normas culturales hubieran sido otras, el resultado también habría sido distinto, pues que un evento se convierta en desastre depende únicamente de quién se ve afectado. Esta idea es la base del estudio actual de los riesgos naturales, que toma en cuenta la vulnerabilidad de las poblaciones.

El gran terremoto de Lisboa

Cuando hablamos de sismos, los términos magnitud e intensidad indican cosas diferentes. La intensidad es la fuerza de la sacudida del suelo en un lugar particular, mientras que la magnitud es una característica del temblor e indica qué tanta energía liberó. Los mapas de intensidades sísmicas pueden elaborarse a partir de encuestas sobre cómo las personas sintieron un terremoto en el lugar en el que estaban. Así se sabe dónde fue mayor el movimiento producido por las ondas sísmicas a su paso. Actualmente también se elaboran mapas de intensidades con los datos de equipos sísmicos que miden las aceleraciones con las que se movió el suelo en diferentes lugares.

El filósofo prusiano Immanuel Kant, uno de los pensadores más influyentes de la historia, en tres ensayos sobre el terremoto de Lisboa deliberó sobre cómo conciliar la idea de un Dios bueno con la presencia del mal y el sufrimiento. Concluyó que Dios no envió el terremoto para castigar a los pecadores, sino para que las personas aprendieran de esa experiencia y se ayudaran entre sí. En otra obra significativa de la época de la Ilustración, Historia natural y teoría general del cielo, Kant expuso una de las primeras teorías sobre el origen de la Tierra, en la que afirmó que fue producto de una condensación de materia del cosmos.

No queda claro hasta qué punto el terremoto de Lisboa detonó el surgimiento de una nueva forma de entender la naturaleza, pero sin duda fue motivo de nutridas reflexiones que se extendieron profusamente en el pensamiento del siglo xviii.

Sismofobia

Experimentar una tragedia como el terremoto de Lisboa puede causar variadas reacciones. En Voltaire, Rousseau y Kant provocó intriga, duda y necesidad de entender y explicar lo que había pasado. En el rey José I de Portugal causó trastornos por estrés postraumático y claustrofobia, así como un miedo intenso a los temblores, que ahora se conoce como sismofobia. En el marqués de Pombal produjo una reacción de alerta que lo hizo actuar inmediatamente y dar la orden de brindar socorro y abrigo a los sobrevivientes. Se dice que justo después del temblor le preguntaron a Pombal qué debía hacerse ante tal adversidad, a lo que respondió con el pragmatismo que al parecer lo caracterizaba: “Cuidar de los vivos, enterrar a los muertos.”

Quizá todos los que hemos vivido en carne propia terremotos u otros eventos traumáticos, grandes o pequeños, hayamos pasado por alguna de estas reacciones: el susto inicial, el deseo de entender qué pasó y el interés por ayudar a los heridos y damnificados. Nuestras primeras reacciones son primordiales, porque de ellas dependerá si vivimos con el trauma, si aprendemos más del suceso y, sobre todo, si trabajamos para prevenir y prepararnos para el próximo terremoto que, inevitablemente, llegará.

El gran terremoto de Lisboa

  • Susan E. Hough, Predecir lo impredecible. ¿Puede la ciencia pronosticar los sismos?, trad. Víctor Altamirano, México, Grano de Sal, 2019.
  • “El terremoto de Lisboa”, Historia de Corral de Almaguer, 18 de septiembre de 2019, en: https://youtu.be/jMPc4kfXslM?feature=shared.

Caridad Cárdenas Monroy

Caridad Cárdenas Monroy estudió ingeniería geofísica en la Facultad de Ingeniería de la unam y la maestría en sismología y física del interior de la Tierra en el posgrado en ciencias de la Tierra de la misma universidad. Trabaja en el Servicio Sismológico Nacional.

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