Espacio para todxs
Sebastián Musso
Ilustración: Richard Zela
En 2021 la Agencia Espacial Europea (esa, por sus siglas en inglés) comunicó que por primera vez elegiría a un astronauta con discapacidad dentro de su nueva convocatoria, que por el ingreso de Lituania al consorcio se extendió hasta julio de ese mismo año. El elegido fue John McFall, velocista inglés de 41 años que representó a Reino Unido en los Juegos Paralímpicos de Pekín en 2008. Fuera de su pierna ortopédica, el resto de su cuerpo y estado físico muy probablemente supere a la media. En todo caso, sí marca un hito: el espacio deja de ser un ámbito exclusivo para los cuerpos perfectos, como cuando los astronautas eran pilotos jóvenes y rigurosamente seleccionados.
Ilustración: Richard Zela
Un pequeño paso para toda la humanidad
El primer paso se dio el 29 de octubre de 1998, cuando John Glenn, que había sido el primer estadounidense en orbitar la Tierra, regresó al espacio a bordo del transbordador espacial Discovery a sus 77 años. Durante esa misión, la STS-95, se realizaron muchos estudios al cuerpo de Glenn para evaluar las consecuencias de la microgravedad en una persona de edad avanzada. No fue el único caso, aunque tuvimos que esperar mucho para el siguiente. La piloto Wally Funk participó en 1959 en el programa Mercury 13, organizado por una compañía privada para probar y entrenar a mujeres astronautas, pero ninguna de las participantes llegó al espacio. Por fin, el 20 de julio de 2021, a la edad de 82 años, Funk voló en la misión NS-16 de la compañía privada Blue Origin. El récord de la persona de edad más avanzada en ir al espacio no le duró mucho tiempo: en octubre de ese año se lo arrebató William Shatner, quien interpretó al legendario capitán Kirk de Viaje a las estrellas y que realizó el mismo vuelo a sus 90 años.
Los vuelos de Wally Funk y William Shatner fueron de algunos minutos y suborbitales (es decir que llegaron hasta la frontera entre la Tierra y el espacio, pero no dieron una vuelta completa al planeta) y no significaron ninguna exigencia física para sus tripulantes. Y sin embargo, que pudieran hacerlo personas de edad avanzada significó que a partir de entonces mirar a la Tierra desde más de 100 kilómetros de altura no sería privilegio de unos pocos. En todo caso, el impedimento no serían ni la edad ni la condición física (el enorme costo sigue siendo un obstáculo importante).
Investigación geriátrica en la misión STS-95
John Glenn quería volver al espacio, pero con 77 años iba a ser difícil que lo aceptaran como tripulante de una misión espacial. Entonces se le ocurrió proponerse como conejillo de indias para experimentos sobre los efectos de la microgravedad en un cuerpo envejecido. Glenn volvió al espacio el 29 de octubre de 1998 a bordo del transbordador espacial Discovery para una misión de nueve días.
Los objetivos de la misión STS-95 con respecto a la investigación geriátrica abarcaban los efectos de la microgravedad en el equilibrio, la percepción, la respuesta inmunitaria, la densidad ósea y muscular, el metabolismo, la circulación y el sueño. Glenn durmió cuatro noches con cables conectados a su saco de dormir, se puso un monitor portátil para registrar su ritmo cardiaco, suministró muestras de sangre y de orina e ingirió una cápsula que llevaba adentro un radiotransmisor.
Ya se sabía que los astronautas que pasan mucho tiempo en el espacio pierden masa muscular y densidad ósea (lo que debilita los huesos). El envejecimiento tiene el mismo efecto. Los experimentos realizados en el espacio con Glenn como conejillo de indias contribuyeron a entender este efecto en las personas de edad avanzada.
Los resultados de los estudios geriátricos sobre Glenn, presentados en el año 2000, sugieren que un individuo de edad avanzada en buen estado de salud puede viajar al espacio sin problemas.
¿Significa que desde ahora las personas con discapacidad pueden ser astronautas profesionales? Se lo pregunté a Guillermo Rojo Gil, atleta olímpico, guía de un atleta paralímpico, entrenador y hasta preparador físico de astronautas de la esa. “Cuando pensamos en la condición física de un astronauta no pensamos en valores superlativos, pero sí en valores equilibrados”, dice Guillermo.
”Por ejemplo, yo, que soy atleta de élite, que compito en los 400 metros, tengo mucha fuerza muscular, mucha explosividad, pero mis valores de flexibilidad no son tan buenos. No sería un buen prospecto de astronauta en ese sentido. Con los astronautas se busca que todos los elementos de la condición física estén equilibrados. Obviamente esto no va a pasar tampoco con personas con una discapacidad severa. Quizás, en esta primera etapa al menos, se busquen personas que tengan alguna amputación, preferentemente de piernas, que no son tan necesarias en el espacio, pero no así los brazos, que se requieren para hacer los experimentos propuestos por las agencias espaciales que administran la Estación Espacial Internacional.”
Diversidad espacial
No todos piensan igual: hay quienes ven en una persona con discapacidad una ventaja a la hora de conformar una tripulación espacial. Sheri Wells-Jensen es una lingüista invidente estadounidense involucrada en el proyecto AstroAccess, una iniciativa sin fines de lucro que realiza vuelos de gravedad cero con personas con discapacidad, con miras a enviar a algunas al espacio. Wells-Jensen nos recuerda lo que significa ser astronauta en nuestras mentes infantiles, y la frustración de la gran mayoría cuando reconocemos que ese deseo quedará en el territorio de los sueños.
“Todas las niñas y los niños de seis años quieren ser astronautas”, escribió Wells-Jensen en un artículo sobre astronautas con discapacidad en la revista Scientific American en 2018. “Este objetivo profesional está a la altura de bombero, detective, vaquero y bailarina. Sin embargo, la mayoría no tarda en reconocer que no cumple, y de hecho nunca cumplirá, los requisitos físicos no negociables para ese trabajo: son demasiado altos, o tienen una rodilla débil, pies planos o alguna otra irregularidad fisiológica leve pero incorregible” que significa que no tienen madera de astronauta.
Ella cree que en el mundo de la exploración espacial no sólo debería haber lugar para quienes tienen una dificultad física, sino que esto mejoraría la tarea en su conjunto. La diversidad, en las empresas, por ejemplo, ayuda a la toma de decisiones, a la flexibilidad, al respeto, a la creatividad. Pero esto, al menos por ahora, no parece aplicarse a cierta altitud sobre nuestras cabezas. En opinión de Wells-Jensen, “tener una persona ciega en una estación espacial puede parecer, de entrada, aterrador, dado que sus colegas podrían tener que depender de ella en caso de emergencia. Pero los adultos ciegos son padres, maestros, científicos y chefs exitosos, no tienen más accidentes que las personas videntes; no hay ningún peligro inherente asociado con una persona ciega que hace su trabajo. La clave del éxito aquí radica en adaptar los instrumentos para generar información en braille o audio junto con pantallas visuales.”
Ilustración: Richard Zela
En otras palabras, hace falta dotar las naves de tecnología redundante. En la industria espacial es absolutamente típico fabricar cosas que tengan dos o tres maneras de funcionar, o dos o tres elementos para hacer lo mismo. Es decir que sumarles braille o audio a las pantallas podría ayudar también a tripulantes con visión en situaciones particulares.
El 23 de febrero de 1997 un incendio en la estación espacial Mir obligó a los cosmonautas a tratar de salvar la nave y sus vidas en una humareda que casi no los dejaba ver. En 2001 el astronauta canadiense Chris Hadfield, en la misión STS-100 del transbordador espacial Endeavour, quedó ciego durante una caminata espacial por problemas con su casco. Pero el astronauta italiano Luca Parmitano la pasó peor cuando su casco se llenó de agua durante una caminata espacial en 2013. El agua, que en microgravedad parece más una gelatina, le tapó los ojos, la nariz y las orejas y casi lo ahoga. Sólo podía respirar por la boca, no podía oír, no podía comunicarse con nadie porque el micrófono estaba cubierto de agua y no podía ver. Quizá estos problemas habrían sido más fáciles de resolver si los guantes tuvieran más flexibilidad que los actuales y privilegiaran el tacto, adaptaciones que serían necesarias si las tripulaciones incluyeran a personas ciegas.
Diferentes como debe ser
A comienzos de los años 50, cuando los viajes espaciales eran cosa de ciencia ficción, la nasa ya se preparaba para mandar personas distintas al astronauta promedio. La agencia se alió con la centenaria Universidad Gallaudet para personas sordas y con problemas de audición, se hicieron pruebas a más de 100 personas sordas y se reclutaron once, los “Once de Gallaudet”. La idea era aprender cómo responde el cuerpo humano cuando los sensores de orientación del oído interno no detectan la gravedad. Muchos de los experimentos parecerían torturas de no ser porque los voluntarios tuvieron una experiencia muy distinta a la del promedio. En uno de los experimentos los subieron a una embarcación frente a la costa de Nueva Escocia en medio de una fuerte tormenta con vientos de más de 70 kilómetros por hora y un mar embravecido. Las once personas sordas jugaban a las cartas y se reían como si nada, pero los investigadores de la nasa sufrieron mareos que obligaron a cancelar el experimento. Luego pusieron a los participantes durante 12 días en un recinto que rotaba diez veces por minuto. Nunca se marearon, y a los tres días incluso ya se habían adaptado a caminar y hacer todas sus rutinas compensando ese movimiento. Los subían a los vuelos de gravedad cero y ellos, nada. La nasa aprendió mucho. Harry Larson, uno de los Once de Gallaudet, dijo: “Éramos diferentes de la forma en la que ellos lo necesitaban.”
Sin embargo, y pese a que una buena fracción de los astronautas (sobre todo las mujeres) sufren mareos que les impiden trabajar en sus primeros días en órbita, hasta ahora ni la nasa ni ninguna otra agencia espacial ha elegido a una persona sorda para el trabajo. Un caso intermedio es el del astronauta norteamericano Leland Melvin, quien durante un entrenamiento submarino sufrió una lesión grave en el oído izquierdo, y aunque sólo se recuperó parcialmente, esto no le impidió volver al espacio.
Estos estudios no contemplan sólo vuelos orbitales: pensamos en la Luna, en Marte y otros mundos. Pensamos en viajes largos y allí tal vez también la discapacidad en el espacio no sea un problema, sino un elemento de diversidad que puede convertirse en una ventaja. Puede haber accidentes, y cuanto más nos expongamos a situaciones desconocidas mayores serán las probabilidades de salir con bien. Un astronauta que pierda su condición de autosuficiencia por un accidente, una persona confiada y segura de sí misma que deba adaptarse a una situación en la que su físico ya no responda como antes, puede verse aliviada si cuenta con el apoyo psicológico y el ejemplo de quienes con una dificultad se han adaptado a ese trabajo.
Hayley Arceneaux, como especialista médica de la misión Inspiration4 de la compañía SpaceX, lanzada el 15 de septiembre de 2021, se convirtió en la primera persona con una prótesis en orbitar la Tierra, y el día que escribo esto, 20 de diciembre de 2025, Michaela “Michi” Benthaus fue la primera persona en silla de ruedas en llegar al espacio, en la misión NS-37 de Blue Origin.
El espacio está allí para muchos más en el futuro, para mujeres y hombres distintos a los primeros, para todas las edades, para los físicos privilegiados y los no tanto, para quienes hagan de él su lugar de trabajo y para quienes lo conviertan en su destino deseado, de experiencia única, de sueño cumplido.
Ilustración: Richard Zela
El comandante Sebastián
Vivimos en esta época bisagra, entre las primeras décadas de la exploración espacial —cuando los astronautas eran (aún son) personas altamente calificadas técnica y físicamente— y un futuro cercano en el que el acceso al espacio será masivo. Aspiramos a convertirnos en una especie multiplanetaria. En ese contexto debemos prepararnos para que quienes exploren estas nuevas fronteras seamos representativos de nuestra sociedad. El 10 % de la población tiene una discapacidad crónica, sin contar a quienes ven reducidas sus capacidades por la edad avanzada, por la obesidad o por una condición temporal como resultado de una enfermedad o accidente. Si el futuro de la humanidad está en el espacio es absolutamente necesario preparar ese nuevo entorno para un porcentaje importante de la sociedad. La superficie de otro mundo será hostil y peligrosa, y tener tripulantes preparados para navegar sus obstáculos podría marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso total. Las personas con discapacidad deben tener un lugar en el futuro de la humanidad en todos los aspectos, incluyendo la exploración del espacio. ¿Qué adaptaciones deben hacerse para que las personas con discapacidad motora sean parte de una tripulación en la Luna, Marte u otra superficie planetaria? ¿Puede una persona con discapacidad motora ser de utilidad en una tripulación diversa?
Me propuse averiguarlo en primera persona. Por tener una distrofia muscular de caderas me ofrecí como sujeto de pruebas para realizar diferentes experiencias. Para esto, en enero de 2024 subí con Jorge Malatini a su avión acrobático Pitts-S1-11b de 300 caballos de fuerza y medimos mis parámetros biométricos —ritmo cardiaco, presión arterial y otras variables— mientras dábamos vueltas en tirabuzón, caíamos en picada, rozábamos la pista cabeza abajo o acelerábamos hacia el cielo. Estos 15 minutos de maniobras acrobáticas me expusieron a fuerzas de hasta cuatro veces mi peso. También hice prácticas de buceo en piscina para medir mi movilidad en asistencia gravitatoria, es decir, simulando la gravedad de la Luna y Marte, y flotando como si estuviéramos en órbita alrededor de la Tierra. Mi desempeño en esas pruebas fue muy bueno; pese a mi discapacidad tuve buenos parámetros vitales bajo el estrés y en condiciones de exigencia física. Ni siquiera en el vuelo acrobático, cuando las fuerzas g pueden ser desafiantes y muchas personas sin entrenamiento se marean gravemente en las maniobras extremas, sufrí esos inconvenientes (supongo que me ganó el entusiasmo).
Finalmente, en agosto de 2025 participé como comandante de la Misión Argos, la primera misión análoga de América del Sur con una persona con discapacidad. Una misión análoga es una simulación de una misión espacial real realizada en la Tierra, en entornos que tienen similitudes físicas o naturales con otros mundos. Su objetivo principal es probar equipos, procedimientos y conceptos operativos, así como estudiar el impacto del aislamiento y otras condiciones extremas en el cuerpo y la mente humana antes de emprender viajes espaciales reales. Se trata de encontrar las dificultades antes de que se les presenten a los astronautas reales, en condiciones que serán mucho más riesgosas.
Ilustración: Richard Zela
Esto fue en Habitat Marte, una instalación que depende de la Universidad de Rio Grande del Norte, en las afueras de la ciudad de Natal, Brasil. Allí, durante seis soles (seis días marcianos de 24 horas y 40 minutos) se realizaron tareas de mantenimiento del hábitat, actividades en el invernadero, trabajos de orientación astronómica adaptados al cielo de Marte y sus coordenadas y actividades artísticas, pero sobre todo la observación y modificación de protocolos de trabajo y diseños de espacios para personas con discapacidad en entornos espaciales.
De cierta forma vivir con una discapacidad es estar adaptado a un ambiente hostil. Todos los días nos enfrentamos a barreras de movilidad, a actividades planeadas sin nosotros en mente, a espacios inaccesibles y a condiciones que frustran nuestras expectativas. Bien podríamos estar describiendo los viajes espaciales. Así, incluir a una población más diversa en el futuro de la exploración espacial no es complicar más un objetivo de por sí difícil, sino la oportunidad de cubrir eventualidades previendo las necesidades de diferentes tipos de individuos. Que no haya barreras arquitectónicas en un hábitat también ayudará a mover objetos con mayor facilidad y le solucionará la vida a un astronauta que se accidente (hace unas semanas la tripulación de la Estación Espacial tuvo que regresar antes de tiempo porque se enfermó uno de sus miembros). Los comandos de voz para personas ciegas pueden simplificar las tareas y la señalética táctil, pensada para este mismo grupo, sería útil ante una emergencia de fuga de gases o de oscuridad.
Pasaron ya 64 años de aquel primer hombre que abandonó la protección de nuestro planeta, y miles desde el primer ser humano que elevó la vista al cielo para soñar con las estrellas. Creamos máquinas asombrosas que nos permitieron esas hazañas y elegimos a los mejores para que representaran a la humanidad en tal empresa. Hoy estamos a las puertas de una era en la que el mundo estará rodeado de estaciones espaciales y habrá humanos en la Luna, en Marte y quizá en mundos más distantes. Serán muchas las naciones que participen de esa aventura, culturas diversas, jóvenes, adultos y niños, y tal vez no sea necesario ser perfecto para lograrlo. Tal vez sabernos con una dificultad nos haga más fuertes, tal vez el problema de uno pueda convertirse en la solución encontrada por todos, porque empujamos nuestros límites y ampliamos nuestras fronteras para ser mejores y de esa forma estaremos haciendo espacio para todxs.
Ilustración: Richard Zela
- Emilio Ferreiro, “Los 11 hombres sordos que ayudaron a la nasa a llegar a la Luna”, Excepcionales, 24 de enero de 2019, en: https://www.excepcionales.es/2019/01/nasa-sordos-experimentos-espacio.html.
- “Hizo historia: Michaela Benthaus, la ingeniera de 33 años que se convirtió en la primera persona en silla de ruedas en viajar al espacio”, Clarín, 21 de enero de 2026, en: https://www.clarin.com/internacional/hizo-historia-michaela-benthaus-ingeniera-33-anos-convertio-primera-persona-silla-ruedas-viajar-espacio_0_heyASm4CxC.html.

Sebastián Musso es periodista y divulgador científico argentino. Es autor de 12 libros y ha impartido conferencias en 10 países. Actualmente dirige el programa educativo Astrotes para la enseñanza de la astronomía a personas ciegas o con baja visión.

Richard Zela es ilustrador y narrador gráfico, autor del cómic Cosas que nunca cambian.












