Ojo de mosca 330
No saber
Martín Bonfil Olivera
Mosca del perejil. Tephritis onopordinis. Clase: Insecta. Subclase: Pterygota. Filo: Endopterygota. Orden: Diptera
Una de las cosas más difíciles para una persona es aprender a decir “no sé”.
Quizá sea por cómo somos educados desde la primaria: decir “no sé” parecería muestra de ignorancia, de que como estudiantes no repasamos la lección. El alumno que responde “no sé” a una pregunta de su profesor recibe un tache y miradas de reproche de sus compañeros.
Mucho peor si es el profesor quien responde así a la pregunta de algún alumno: significaría que es él, el encargado de educarlos, el que debería saber todas las respuestas, quien no estudió. ¡Vergüenza!
Y así, a lo largo de la vida, aprendemos que decir “no sé” cuando no sabemos es algo que deberíamos evitar. Como si reconocer la propia ignorancia fuera una deshonra.
Pero todo buen profesor sabe —y todo estudiante debería aprender— que decir “no sé” cuando se desconoce la respuesta a una pregunta no sólo no es algo de qué apenarse, sino que es, además de honesto, una oportunidad. El primer paso en el camino del conocimiento. Porque reconocer la propia ignorancia abre la puerta a la búsqueda de respuestas.
Claro: para que esto ocurra no se vale decir “No sé… y no me importa”. Hay que estar dispuestos a hacer algo por saber. Comenzar a pensar, a preguntar, a investigar, a ocuparnos en averiguar eso que no sabemos. Un buen profesor, después de responder “No sé”, añadirá inmediatamente “pero intentaré traer la respuesta mañana”, y se irá a buscarla a la biblioteca o a internet, o a consultar a sus colegas.
La ciencia también se topa con este problema. De vez en cuando surgen crisis que afectan las sociedades: pandemias, fenómenos climáticos, plagas agrícolas. Y si los investigadores científicos no pueden ofrecer una respuesta inmediata, si se atreven a decir “no sabemos”, con frecuencia son acusados de ser inútiles, de gastar mucho dinero en proyectos dedicados a estudiar cosas innecesarias, de no poder siquiera responder a las necesidades de la sociedad.
Pero en realidad lo que los científicos dicen es “aún no sabemos”. Construir conocimiento lleva tiempo y es laborioso. Se necesita explorar hipótesis y someterlas a prueba para saber que son confiables antes de proponer remedios basados en ellas. Lo único peor que una ciencia que no ofrece soluciones es una que propone soluciones inútiles o equivocadas.
De hecho, esta honestidad es una de las cualidades más poderosas del método científico. Sólo reconociendo las lagunas de ignorancia puede enfocarse la investigación científica en producir conocimiento confiable que las llene. Y lo mismo pasa cuando algunas de las respuestas que se proponen resultan erradas: reconocerlo es un paso indispensable para construir hipótesis mejores que nos lleven a soluciones que realmente funcionen. (Pensemos en las vacunas contra el covid-19 que, aunque tardaron, salvaron millones de vidas, en comparación con el dañino movimiento antivacunas.)
Reconocer la propia ignorancia es una virtud indispensable para todo científico… y todo estudiante.












