7 de marzo de 2026 7 / 03 / 2026

Soy 328

Agustín Bernardo Ávila Casanueva

Agustín Bernardo Ávila Casanueva

Fotos cortesía del autor

De niño era curioso y tranquilo. Me gustaba mucho leer sobre dinosaurios y novelas de detectives, armar legos, dibujar y jugar con mis amigos. Me encantaba salir corriendo detrás de distintos balones, hasta que encontré el de básquet y ya nunca lo solté. Siempre fui un ñoñazo y me encantaba participar en las clases de la escuela.

Cuando me tocó elegir carrera no tenía muy claro a cuál inscribirme. Sabía que quería estudiar ciencias, pero no me encantaba la biología; mis finalistas eran física y matemáticas (de hecho hice el examen de ingreso a física). Por entonces vivía en el Distrito Federal, ahora Ciudad de México, y la unam hizo una pequeña campaña para dar a conocer una nueva licenciatura: ciencias genómicas. Me pareció que tenía muchas ventajas: iba a ser la primera carrera de su tipo en América Latina (esto mejoraba mis oportunidades laborales, sobre todo en comparación con física, je); si lograba entrar iba a estar muy consentido en la unam (no sería un número más en la Facultad de Ciencias), y pues como la carrera se daba en Cuernavaca podía salirme de mi casa sin mayores problemas, lo cual sonaba a una gran oportunidad. Al final disfruté mucho la carrera; si me dieran la oportunidad volvería a elegirla.

Lo que más me gusta de las ciencias genómicas son las historias. Puedes descubrir muchísimo sobre la historia de cualquier especie, sobre sus migraciones y adaptaciones: a distintos climas, a parásitos o depredadores, a otras especies con las que hacen equipo y se benefician... Y aprender cómo todo está relacionado: ni los genes ni los organismos existen por sí mismos, y el ambiente y los demás organismos tienen mucho que ver con qué genes se expresan o se reprimen, cuáles se seleccionan y cuáles se heredan. La bioluminiscencia no existiría si ciertas bacterias no tuvieran un código genético que les permite trabajar en equipo. La importancia social y cultural de las orcas abuelas dentro de sus grupos las llevó a desarrollar la menopausia. Contar estas historias me permite seguir maravillándome del mundo, y ¿a quién no le gusta eso?

Lo que menos me gusta es justo lo contrario, cuando la genética se vuelve muy determinista e intenta contarlo todo desde el punto de vista de los genes. Terminamos con frases como “lo llevo en la sangre” o “está en mis genes”, y eso nos congela, nos detiene. No permite que haya otras explicaciones o soluciones a problemas o actitudes.

Siempre me ha gustado leer sobre ciencia y discutirla. Supongo que en algo influyó que mis dos padres fueran investigadores. Pero mi madre —que era nutrióloga— también dedicaba bastante tiempo a la divulgación. Durante años, o incluso décadas, estuvo a cargo de una revista llamada Cuadernos de Nutrición, que divulgaba la investigación en esa área. También escribió un artículo para ¿Cómo ves? y dio innumerables charlas. Así que siempre fui consciente de la importancia de la comunicación de la ciencia.

Luego, cuando ya estaba en el posgrado, descubrí que era malísimo para el laboratorio. Pero me fascinaba leer artículos de investigación y discutirlos con quien se dejara, y también me gusta escribir. Así que cuando salí del posgrado, dejándolo inconcluso, lo siguiente fue comunicar la ciencia. Tomé varios cursos y diplomados y después encontré un taller literario maravilloso llamado Cienciorama, donde nos juntábamos a discutir nuestros textos y después de muchas revisiones nos pagaban lo que publicábamos (Cienciorama era, además, un portal web de la unam). Ya no existe, pero los textos aún pueden consultarse.

Mis autores favoritos son un montón. En ficción Elisa Díaz Castelo, Gabriela Damián, Andrea Chapela, Gabriela Weiner, Han Kang, Yōko Ogawa, Susanna Clarke, José Emilio Pacheco, John Steinbeck, Alaíde Ventura, Fernanda Trías, Joseph Conrad, Anton Chéjov. En no ficción, José Revueltas, Daniela Rea, Laura Sofía Rivero, Geraldine Castro, Katia Rejón, Alejandra Eme Vázquez, Sarah Zhang, Yásnaya Aguilar Gil, Sergio González, Erick Baena Crespo y muchos más.

Me tardo mucho en empezar a escribir. Primero tengo que leer e investigar mucho. De ser posible hago al menos dos entrevistas. Después dibujo un diagrama o mapa del recorrido para saber a grandes rasgos por dónde va a pasar mi texto, qué partes voy a contar en dónde, qué analogía emplear, y cuándo reutilizar o volver a llamar ciertos elementos que introduje previamente. Para eso me ayuda contarle la historia a alguien —comúnmente a mi pareja (gracias, Silvia)—; mientras la cuento noto qué cosas aún no se entienden, cuáles sobran o si vale la pena empezar en otro lado. Y algo que he hecho apenas los últimos años es elegir un tono o un género, como drama o aventura, o un punto de vista. Normalmente esto me lo da un poema, un ensayo o incluso otro reportaje que me ayuda a marcar la pauta y que tengo presente mientras escribo. Por ejemplo, escribí un reportaje sobre cómo un grupo de orcas en el golfo de California aprendieron a cazar tiburones ballena, y me conflictuaba tener que describir con detalle cómo las orcas terminaban con la vida de los tiburones. Pero por suerte me encontré un poema de Wisława Szymborska llamado “Elogio de la mala conciencia de uno mismo”, donde dice: “De cien kilos es el corazón de la orca, pero no le pesa.” Y eso es lo que estuve pensando mientras escribía el artículo. Ah, y si estoy en mi casa intento tener un vaso con agua, una taza de café y alguna bebida inspiradora; así voy calibrando si necesito hidratación, concentración o inspiración.

Tengo dos perritos viejitos, Pillo, que ya va para los 15 años y es pequeño, peludo y adorable, y Nina, que apenas va a cumplir dos años en casa, pero creemos que tiene como 11 de edad, y es una pitbull muy consentida. Ambos son adoptados. Me acompañan mucho; me hacen feliz y me obligan a salir a pisar el pastito y desconectarme un poco de todo.

Y pues en realidad me encantan todos los animales y bichos y criaturas. Ya con mi entrada al cuarto piso me estoy empezando a aficionar al avistamiento de aves, pero creo que mis animales favoritos son justamente las orcas. Hay varias que viven muy al norte; me encantaría hacer un viaje que incluya observar orcas y ver las auroras boreales. Pero hay que ahorrar mucho para esas latitudes.

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