5 de mayo de 2026 5 / 05 / 2026

Soy 330

Humberto Martínez Orozco

Humberto Martínez Orozco

Fotos cortesía de la autora

De chiquito era un niño introvertido; me gustaba ir a la escuela y participar en concursos y eventos, pero no jugar con los demás. Con el tiempo, y gracias a mi mamá, me atreví a relacionarme más con otros niños y descubrí que tenía sólidas habilidades sociales (hasta resulté ser buen líder y los demás me buscaban para que los organizara). Me encantaba jugar con la tecnología de ese momento (computadoras MS-dos y Windows 95, consolas PlayStation, Nintendo y Game Boy) y disfrutaba mucho viendo películas de Disney. Mi favorita era El Rey León; recuerdo que transcribí los diálogos de toda la película.

Me fascina resolver problemas. Como químico siempre trato de explicarme cómo ocurren las cosas. Soy muy observador, hasta en los fenómenos sencillos, como el de prepararme un café; así descubrí que con el volumen apropiado de agua puedo rescatar el sabor que me gusta usando mi cafetera de exprés. Resolver problemas en el laboratorio es de lo más divertido: cuando algo no sale, en lugar de estresarme o abrumarme me pongo a leer y a pensar en qué pudo haber ocurrido. Así puedo resolver muchos temas técnicos de los experimentos, y también problemas de la vida cotidiana, pero nunca está de más consultar con los expertos cuando se trata de un tema complejo, por ejemplo de salud.

Ser observador también me ayuda con mi hija. Tener una niña pequeña es lo mejor; siempre quise ser papá. A veces me toca escribir proyectos para convocatorias con plazos cortos o enviar los comentarios de la revisión por pares de artículos a revistas arbitradas, y me pesa mucho que no pueda hacerse lo suficientemente rápido como para que esa parte del trabajo académico, que es muy exigente, no me haga perderme cosas con mi esposa y mi hija; los niños crecen muy rápido, y es fascinante, desde el mundo de las neurociencias, tener todos los procesos del neurodesarrollo que lees en los artículos y libros frente a tus ojos. Es el experimento más hermoso que me ha tocado presenciar.

Mi carrera estuvo marcada por varios golpes de suerte. El primero fue en la prepa: no sabía si estudiar mercadotecnia, diseño gráfico, medicina o ¡hasta una carrera militar! Pero como me gustaba participar en competencias me inscribí a la olimpiada de Química y me gané la posibilidad de representar a mi preparatoria en el concurso estatal. Allí gané primer lugar. ¡Esto me sorprendió mucho! Finalmente llegué a la olimpiada nacional, que no gané, pero sí me asombró el nivel de otras instituciones (un chico de una preparatoria técnica de Oaxaca se sabía de memoria la síntesis del ácido acetilsalicílico). Así que lo mío iba a ser la química.

Antes de terminar la carrera entré a un laboratorio como practicante, y obtuve las mejores notas de evaluación para ocupar el puesto. Me pareció otra señal. Fue un trabajo muy bonito, al principio en control de calidad, pero yo quería enfocarme a la investigación, así que solicité unas becas de Fundación Carolina en 2016 y me seleccionaron, entre miles de participantes de toda América Latina, para hacer una maestría en la Universidad de las Islas Baleares. Pero hubo un error: cuando llegué me mandaron a trabajar con los doctores Miquel Adrover y Bartomeu Villanova, que no hacían química ambiental, como yo quería, sino actividad enzimática. Fue el mejor error del mundo: me enamoré de las proteínas y de la química-física, y de hecho hice mi trabajo final sobre alteraciones en la estructura de la sinucleína, una proteína implicada en la enfermedad de Parkinson. Así comencé en el mundo de las neurociencias y las enfermedades neurodegenerativas. Finalmente decidí estudiar mi doctorado en la Universidad de Guanajuato, y por azares del destino mi tutora, la doctora Silvia Solís, conocía a la doctora Sofía Díaz, que ha sido la mentora de mi estancia posdoctoral en los últimos tres años. Ahora estudio, entre otras cosas, la enfermedad de Alzheimer.

Lo que más me gusta de mi trabajo es que hago algo que siempre pensé de niño: investigar enfermedades y buscar tratamientos. Nada en mi día es rutinario: puede pasar cualquier cosa. Y constantemente trato de resolver nuevos problemas. Lo que menos me gusta es que el día no alcanza para hacer todo lo que uno quiere. Y bueno, la burocracia.

Además me encanta la gente y adoro trabajar en equipo. Se avanza mucho más rápido, se discuten puntos de vista e ideas que pueden optimizar la idea original, y cada persona aprende de las otras. No siempre es fácil, pero hay que aprender.

El mayor problema al que me enfrento como científico es comunicar correctamente los conocimientos que generamos en el laboratorio, tanto al público como a otros expertos en el campo. Si lo haces muy bien incluso puedes generar vocaciones entre las personas jóvenes.

Tuve una banda de death metal hardcore que se llamaba The Eyes of Murder. Yo era guitarrista. Empezamos en toquines, y al final ya nos íbamos de tour a distintas ciudades de México, aunque siempre en conciertos underground. La verdad no éramos muy buenos, pero mejoramos y fue una época muy divertida y liberadora. Nuestro último show fue en Guadalajara en el 2012.

Tenía un gato llamado Esponja, pero desafortunadamente tuvo un problema de salud que lo dejó convaleciente y no sobrevivió. Es una historia triste: aún recuerdo su personalidad juguetona y su pelaje naranja con blanco. Pero mi esposa tiene cinco bellos conejos.

Me gustan mucho las películas de terror; me encantó Sexto sentido; ¡qué final! También Insidious y Darkness (o La séptima víctima, como le pusieron en español).

Siempre he querido ir a conocer Banff o Yellowknife en Canadá, Inari en Finlandia, los fiordos noruegos, Islandia. Me gustan los climas boscosos y fríos, con lagos y mucha vegetación.

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