Anatomía de un cerebro ciberadicto
María José Tinajero Herrera
Ilustraciónes: Arantxa Basaldúa
Anatomía de un cerebro ciberadicto: cómo las pantallas hackean el circuito humano del deseo
El mundo debió ser un lugar muy interesante para los primeros homínidos.
Hablamos con gran asombro de la era de los descubrimientos, ese frenético periodo de expansión en el que se hizo la primera circunnavegación, se cartografió gran parte del planeta y se encontraron el viejo y el nuevo mundo. Pero, ¿te imaginas ser la primera homínida en descubrir, no sé, la miel?
Tal vez la curiosidad llevó a nuestra pariente imaginaria a apartarse de su grupo y aventurarse a las ramas de un árbol hasta encontrar un agujero oscuro y perfumado: un panal. Esa misma curiosidad la hizo meter el dedo, llevárselo a la boca y entonces… ah, momento Ratatouille. Su lengua se ilumina. Ninguna fruta, néctar o raíz que haya probado antes puede compararse con esta sustancia extraña.
Repite la acción: “Santos mamuts, ¿qué es esta maravilla?” Sus pulgares oponibles le permiten arrancar y llevar consigo un trozo de panal, y mientras se lame las manos hinchadas por los piquetes de sus dueñas una cascada de moléculas cerebrales —neurotransmisores— premian su curiosidad. Una en específico, la dopamina, crea un recuerdo placentero. Ahora la homínida lo sabe: “Esa cosa dulce es buena.”
Unos miles de años después, los que usamos nuestros pulgares oponibles para encontrar la miel digital que nos brindan las pantallas somos nosotros.
Todo empezó con un error de puntería
Corría el año 1953 cuando James Olds y Peter Milner, un par de estudiantes canadienses de posdoctorado con mala puntería, realizaron sin quererlo “el experimento más dramático de la neurociencia del comportamiento”.
Este par se afanaba en implantar electrodos en el cerebro de ratas (el pan nuestro de cada día para los neurobiólogos, supongo) en un intento por dar con una región medio difícil de alcanzar en la base misma del cerebro, que se creía que tenía algo que ver con el ciclo de sueño-vigilia. Pero un error de pulso los hizo desviarse, y los electrodos aterrizaron en otra estructura: el septum pellucidum, una membrana justo entre los dos hemisferios.
Confiados, activaron los electrodos, pero en vez de que cambiara su ciclo de sueño las ratas parecieron caer presa de un arrebato de placer. Olds y Milner decidieron ponerles una palanquita enchufada al estimulador que ellas mismas pudieran accionar para ver qué pasaba. ¿El resultado? Presionaron la palanca hasta 7 000 veces por hora. Ignoraron la comida, el agua, el cansancio y hasta el sexo.
Luego resultó que, sin querer, Olds y Milner habían dado con una región clave en el circuito que nos hace repetir las cosas que nos provocan placer: el sistema de recompensa del cerebro.
Drogas de diseñador
Hoy en día las ratas somos nosotros y la palanca que estimula nuestro sistema de recompensa son las pantallas. Bueno, no las pantallas, porque pantallas hay hasta en los refrigeradores y nadie pasa el día refrescándolas. No, el objeto de nuestra obsesión por los teléfonos inteligentes, las tablets, las computadoras y las redes sociales es fruto de los algoritmos: las instrucciones que usan quienes diseñan los programas para aprender sobre nuestros gustos y hábitos, para ofrecernos el contenido que más placer nos produzca y para que permanezcamos más tiempo activos en sus aplicaciones (viendo anuncios, de paso). Así, cinco minutos de videos de perritos se convierten en cuatro horas de TikToks y la adquisición de un kit de herramientas para escalar montañas. ¿La razón? Que si hace un siglo el recurso más valioso era el petróleo, hoy la moneda de cambio es la atención. Y la información que recopilan sobre ti y tus hábitos, y desde luego las compras en línea y la publicidad, se traducen en dinero.
Como ardillitas vandálicas que descomponen el cableado de la ciudad, los algoritmos provocan un cortocircuito en tu sistema de recompensa, concretamente en la dopamina. Esta sustancia es un neurotransmisor, un mensajero molecular que permite la comunicación entre neuronas al traducir las cosas que ocurren en el exterior a un lenguaje químico que el cerebro pueda leer. Imagínatela como una porrista química que se produce en regiones específicas del cerebro cuando hacemos algo que nos produce placer. Luego activa otras áreas involucradas con la emoción, la memoria, el aprendizaje y la toma de decisiones, y así actúa como una señal que dice: “Ay, a ver, haz eso otra vez.”
Gracias a la dopamina aprendemos a repetir algo que nos gustó y que, en teoría, es útil para sobrevivir: buscar comida calórica (como le ocurrió a la homínida con la miel), pasar tiempo con amigos y hasta enamorarnos (muy útil cuando hay que, ejem, preservar la especie con el cavernícola de al lado). Pero aunque este sistema funcionaba bien en un entorno con menos estímulos, como el que existía hace 50 o 100 mil años, hoy puede ser secuestrado por estímulos nuevos y más intensos que lo llevan al descontrol.
Si se ve como una adicción y cambia el cerebro como una adicción…
Drogas, apuestas, relaciones tóxicas y apps y redes sociales en nuestras pantallas… Ya sean sustancias o conductas, pueden resultar irresistibles gracias a la tormenta de dopamina que desatan en el cerebro. Y el cerebro lo festeja… la primera vez. Pero después se acostumbra y se vuelve menos sensible (genera tolerancia); luego necesita más de lo mismo, ya no para sentir el placer mismo sino para sentirse normal (provoca dependencia), y bueno, seguro conoces el síndrome de abstinencia que resulta de olvidar el celular en la casa.
¿A qué suena esto? ¡Bingo! Adicción. En este caso: ciberadicción (adicción a internet, a las computadoras, a las redes sociales y a los teléfonos celulares). Puede sonar exagerado, y ojalá lo fuera. Pero la evidencia científica apunta a que la ciberadicción se parece a otras adicciones más de lo que nos gustaría admitir.
Por un lado, comparte la santísima trinidad tolerancia-dependencia-síndrome de abstinencia. Pero también se ha observado que nuestros excesos digitales, al elevar la producción de dopamina, activan zonas del sistema de recompensa que regulan la memoria, las emociones, la motivación, el aprendizaje y la toma de decisiones (el núcleo accumbens, la amígdala y algunas partes del tálamo, del hipotálamo y de la corteza prefrontal). Y para terror de nosotros, ávidos internautas, son las mismas que activan sustancias como el alcohol, la nicotina y la cocaína en sus propios procesos de adicción. En los cerebros de las personas ciberadictas también se puede ver, mediante técnicas de neuroimagen, cómo se pierden neuronas en las mismas zonas que en los cerebros de quienes sufren adicción a otras cosas. Y se cree que esto favorece aún más el comportamiento impulsivo, que es parte del círculo vicioso de la adicción.
Aun así, ni la Organización Mundial de la Salud ni la Asociación Estadounidense de Psiquiatría han reconocido la ciberadicción oficialmente, a diferencia de la adicción a los videojuegos o a las compras. Parece que no es tan fácil etiquetar como adictivo algo que usamos para estudiar, trabajar, socializar (o sea, para todo) y que además alimenta una industria multimillonaria. Pero las estadísticas no mienten: en promedio revisamos nuestro teléfono unas 140 veces al día y nos quedamos pegados a su pantalla alrededor de 6 horas y 40 minutos (y ya podría haber hecho cuatro carreras y dos doctorados).
Aunque más inquietante que el tiempo que pasamos en estas pantallas son las estrategias que las hacen tan difíciles de soltar.
Quizás, quizás, quizás
Recursos como las notificaciones, la función manual de refresh y un algoritmo que nos conoce mejor que nosotros mismos tienen a nuestro sistema de recompensa titilando como lucecitas de Navidad. No es ningún accidente: el ex programador de Google Tristan Harris —entre otras voces de la industria— ha explicado abiertamente que titanes tecnológicos como Google, Meta, Amazon y TikTok aprovechan los avances de la neurociencia para diseñar sus productos digitales. El neurocientífico Ramsay Brown incluso creó una consultoría llamada nada más y nada menos que Dopamine Labs, que prometía hacer las apps de sus clientes más adictivas.
¿Cómo lo logran? Según el neuroendocrinólogo y divulgador Robert Sapolsky a través de lo que él llama “la magia del tal vez”. En Compórtate, su libro(te) sobre la neurobiología del comportamiento, Sapolsky aclara: aunque está asociada con el disfrute y el placer, la dopamina no es el neurotransmisor del placer sino el neurotransmisor de la anticipación del placer.
Resulta que a nuestro cerebro le gusta más la promesa del premio que el premio. Así, una notificación puede ser un anuncio molesto o un like en tu última publicación; realmente no importa. La posibilidad —la magia del tal vez— es lo que estimula la producción de dopamina y activa el sistema de recompensa.
Los programadores de tus apps y dispositivos favoritos son expertos en estimular esta magia neuroquímica para que te conectes más y por más tiempo. Y nuestros cerebritos dopaminérgicos caen como moscas —o primates— en la miel. ¿Cómo evitarlo? Están diseñadas para eso: sobreestimulan el sistema de dopamina al darle al cerebro recompensas intermitentes y fáciles (pero no predecibles: que no sepas con qué te vas a encontrar es esencial para mantener estos circuitos en funcionamiento). Entonces pasa lo que en cualquier otra adicción: el sistema se desensibiliza, los estímulos naturales ya no son suficientes para hacerte sentir bien y como resultado una conversación con tu mejor amigo o tu abuela ahora parece insostenible sin revisar las notificaciones que encienden la pantalla de tu celular.
Efectos secundarios
Pero no es sólo que nuestros hábitos digitales estén reconstruyendo la forma en que nos relacionamos con el mundo (que tampoco es poca cosa). También están modificando nuestro cerebro.
Ya habíamos hablado del temido déficit neuronal en la amígdala (que regula las emociones) y en la corteza prefrontal (clave en la toma de decisiones). Pero otro estudio revela también “pobreza microestructural” en el hipocampo —fundamental en la memoria y el aprendizaje— y en las áreas de Wernicke y Broca (la primera permite entender el significado de las palabras y la segunda, pronunciarlas).
Así que saquemos las cuentas: menos neuronas en las regiones del cerebro que controlan lo que los humanos pensamos que nos hace, pues, humanos… Ay.
El neurocientífico Manfred Spitzer incluso acuñó el término “demencia digital” para referirse a esa antología de desgracias cognitivas que resultan del uso problemático (y problemático se lee sutil) de internet: problemas de atención, memoria, aprendizaje, lenguaje, toma de decisiones y control de impulsos.
¿Le sumamos terror corporal? Echémosle un ojo a uno de los éxitos de TikTok: la función manual de “refrescar” el feed. Aunque puede actualizarse solo, los dealers de dopamina se dieron cuenta de que preferimos hacerlo con un toquecito de nuestros pulgares. Al parecer, tocar la pantalla activa una capa de conexiones neuronales relacionadas con el tacto que, asociada con el placer que ya produce el algoritmo… boom: potencia la conducta que te empuja a volver a la pantalla una y otra vez.
Otro inconveniente de las pantallas (y ahora sí que no de los algoritmos) es la luz azul que emiten. Al ser una luz parecida a la del día inhibe la producción de melatonina, la hormona encargada de regular el ciclo de sueño y vigilia. Como resultado tenemos esos terribles hábitos de sueño que nos achacan a todos los que revisamos nuestras pantallas antes de dormir.
Y aquí está la cereza del pastel: un estudio con datos de más de 290 mil niños de todo el mundo acaba de reportar que las infancias que pasan más tiempo en sus pantallas tienen más ansiedad y baja autoestima. Luego esos problemas los alejan de su familia o amigos y terminan pasando más tiempo en pantallas otra vez. Tremendo círculo vicioso que nos afecta también a adolescentes y adultos, con el amor propio erosionado de tanto comparar nuestra vida con fantasías de Instagram.
Consideremos algo más: las pantallas en sí no son el problema. Es más, la tendencia tecnológica apunta a su desaparición; tal vez pronto sean reemplazadas por computadoras sin pantallas, como los famosos y temibles lentes de Google y otros dispositivos que se controlarán por voz y que seguramente funcionarán con algoritmos muy parecidos a los que ya conocemos. Es a nuestro uso de la tecnología hacia donde debemos voltear la mirada.
Calibrar la brújula del placer
Bueno, pero no todo es terror y muerte cognitiva. ¿Los cambios estructurales en nuestra masa neuronal? Podemos revertirlos gracias a la neuroplasticidad, una característica del cerebro que le permite cambiar y adaptarse reorganizando sus conexiones neuronales en respuesta a experiencias, estímulos y, por supuesto, cambio de hábitos.
Actividades como meditar, ejercitarse o tocar un instrumento —hacer arte, en general— estimulan la formación de nuevas conexiones. Además promueven la producción de un neurotransmisor relacionado con el bienestar: la serotonina. Es curioso que esta molécula y la dopamina se inhiban mutuamente (en términos generales esto ilustra el equilibrio entre la búsqueda del placer y la satisfacción de largo plazo en lenguaje químico).
Quizá la próxima vez que tomes tu teléfono en medio de una conversación puedas preguntarte si harías lo mismo con un libro. O si las fotos que estás tomando de tu comida tienen algún valor, más allá del like de unos desconocidos.
En su libro La brújula del placer otro neurocientífico, David J. Linden, explica que varios cambios de hábitos favorables (pone como ejemplos el ejercicio y la caridad) también estimulan el sistema de recompensa. Así, el placer es una especie de delta… una zona gris entre el vicio y la virtud donde la dopamina es la brújula para navegar. Quizá sólo hace falta un pequeño ajuste de tuercas neuroquímico para recuperar la paz mental y nuestras preciadas funciones cognitivas, y para recalibrar nuestro sistema de recompensa. Quién sabe qué resulte de ese reacomodo. Quizá un grito desesperado del homínido que llevamos dentro libere nuestras manos de las pantallas para volver a usarlas en el descubrimiento del mundo de allá afuera. Para trepar un árbol, señalar con el dedo la forma de una nube, tocar otras manos.
- Nomofobia, la nueva adicción al móvil y su efecto en tu cuerpo y tu cerebro”, Deutsche Welle, 25 de octubre de 2024, en: https://youtu.be/p3McdLVRWqY?si=hiNDC0YzSr7o2MTr
- “Qué es el síndrome fomo”, National Geographic, 14 de febrero de 2023, en: https://www.nationalgeographicla.com/ciencia/2023/02/que-es-el-sindrome-fomo
María José Tinajero Herrera es bióloga por la Facultad de Ciencias y aspirante al posgrado en filosofía de la ciencia de la unam. Es adicta irremediable a pensar los fenómenos naturales en forma de historias y le interesan la exploración de los cruces entre el mundo natural, la literatura, el cine y la cultura en general. Le apasionan la zoología, la paleontología y la historia de las civilizaciones antiguas.
Arantxa Basaldúa, entre muchas cosas, es ilustradora de libros, portadas y pósters. La cultura pop, los animales y la poesía siempre tienen un espacio en su obra. El arte en todas sus formas la hace muy feliz y comparte esa felicidad por medio de su trabajo.












