Ojo de mosca 333
La verdad científica
Martín Bonfil Olivera
Mosca sin identificar. Clase: Insecta. Subclase: Pterygota. Filo: Endopterygota. Orden: Diptera
Desde que somos niños aprendemos el concepto de “verdad”, y parece muy simple. Algo es verdad si coincide con la realidad, y si no, es mentira.
Y en efecto, así es para muchos asuntos comunes de la vida. Puede ser verdad la frase “Está lloviendo”, pero si no caen gotas de agua del cielo la afirmación es falsa.
Aplicamos esta concepción simple y sencilla de “verdad” en muchas otras áreas de la vida: la historia que nos enseñan en la escuela, las noticias, las aventuras que cuentan nuestros amigos.
El concepto de verdad es también importante para ciertas personas religiosas, que toman como verdaderas, sin posibilidad alguna de duda, las afirmaciones de los libros sagrados.
Se tiende a pensar que también la ciencia ofrece un tipo específico de verdad: la verdad científica. Ésta sería un conocimiento obtenido por medio del método científico y que es “verdadero” en virtud de estar “científicamente comprobado”.
Como primera aproximación la idea no parece problemática. En efecto, el conocimiento que produce la ciencia, expresado en modelos y reglas generales que explican, describen y predicen los fenómenos de la naturaleza (y que reciben nombres como hipótesis, teorías y leyes), se considera válido sólo si se basa en datos provenientes de observaciones y experimentos repetidos y verificados, se contrasta con hipótesis alternativas y es discutido por la comunidad de expertos en el tema.
Pero, curiosamente, a diferencia de lo que políticos o comerciantes dicen cuando hablan de ciencia, es rarísimo escuchar a un auténtico científico hablar de “verdad”. Lo más parecido que suelen decir es que algo está confirmado más allá de toda duda razonable, o que es la mejor representación de la realidad que tenemos hasta el momento.
Hay buenas razones para esta reticencia. El concepto de “verdad” implica compromisos que la ciencia difícilmente puede cumplir. En primer lugar, las verdades no cambian: son inmutables. En cambio, una de las características más importantes del conocimiento científico es precisamente su capacidad de evolucionar: de cambiar para ajustar sus hipótesis y teorías conforme surge evidencia que no coincide con ellas, o que de plano las contradice. Y en muchos casos, la ciencia se ve obligada a desechar por completo sus teorías para sustituirlas por otras totalmente nuevas, como ocurre en las llamadas “revoluciones científicas”.
Otra razón es que el conocimiento científico, a diferencia de los dogmas religiosos o las creencias inmutables de las ideologías, reconoce de entrada su propia falibilidad. Sabe que no es poseedor de verdades absolutas, y que el conocimiento que produce es siempre provisional. La historia nos demuestra que todas las teorías científicas terminan por ser, tarde o temprano, sustituidas por otras mejores o más generales.
La ciencia, a diferencia de la política o la religión, tiene la suficiente modestia como para no hablar de verdades y reconocer sus propios límites, que son los de producir conocimiento confiable acerca del mundo que nos rodea. Y con eso es más que suficiente.












