3 de agosto de 2026 3 / 08 / 2026

Soy 333

Florence Rosemberg Seifer

Florence Rosemberg Seifer

Fotos cortesía de la autora

Cuando hice mi tesis de licenciatura en antropología trabajé en una ciudad perdida de la Ciudad de México. Mi tema era el faccionalismo y el regionalismo; quería entender la cuestión política, qué era, cómo se dividió esa comunidad en la que había dos grupos enfrentados, unos vinculados al Partido Comunista y otros al pri. Era un rollo pandilleril muy serio; de repente llegaban Los Panchitos a aventar bombas molotov. Pero en ese momento no lo registré como un problema de violencia.

Después entré a la maestría en antropología en la Universidad Iberoamericana e hice mi tesis sobre los fayuqueros de Texcoco. Viví con ellos durante bastante tiempo, pero tampoco registré la violencia, que era distinta, era una violencia de Estado: la fayuca era un delito permitido y promovido por muchos políticos.

Mientras realizaba ese trabajo de campo la gente se acercaba a mí y me preguntaba: “Oiga, ¿qué hago con mi sobrino, que le entra durísimo al alcohol?” “¿Qué hago con mi primo, que golpea a su esposa?” (muy a menudo se cree que los antropólogos somos psicólogos). Y fue entonces cuando empecé a ver de verdad la violencia y comencé a estudiar terapia familiar.

Poco después hice mi servicio en el Instituto Nacional de Pediatría durante unos cuatro años, en los que vi cosas inimaginables en la Clínica de Maltrato Infantil. Incestos, abusos, golpes. Pero jamás dejé la antropología y eventualmente gestioné un proyecto de Antropología de la Violencia y Complejidad que aún coordino en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (enah).

Uno de los temas que he trabajado es la violencia masculina. Para entenderla es indispensable reconocer que vivimos en sociedades profundamente marcadas por el patriarcado, que tiene 10 mil años e implica una serie de mandatos heredados. Desde muy chicos, muchos hombres escuchan frases como “Los hombres no lloran”, “No te dejes” o “Si te pegan, regresa el golpe”. Son mensajes difíciles de eliminar.

Pero no todas las masculinidades son iguales. Un niño que entra a una pandilla usualmente tiene un sentido de soledad terrible y necesita pertenecer. Para todos, pero en particular para los adolescentes, es muy importante el sentido de pertenencia. También interviene la dimensión económica. Hay circunstancias en las que la violencia te permite comer, como ocurría con los fayuqueros. Pero no sucede lo mismo con los hombres de todas las procedencias.

Por ejemplo, he trabajado con hombres totonacos de Papantla y encontré formas de masculinidad muy distintas a las que suelen verse en otros contextos. Es más normada, menos presumida, y los papeles de hombres y mujeres están mucho más delimitados. Otra cosa que sabemos sobre la violencia es que uno de sus principales motores, especialmente entre hombres, no es la ira, no es la rabia, no es la envidia, sino la vulnerabilidad y la humillación que viene de la dificultad para mostrarse vulnerable. Los hombres suelen tener enormes dificultades para expresar sus emociones porque desde la cuna se les enseña a no nombrarlas conforme las sienten.

Por eso, cuando una persona llega a terapia o se atreve a hacer esa pregunta: “¿Qué hago con el alcoholismo de mi compadre, qué hago con los conflictos con mi pareja?” normalmente ya pasó por una serie de situaciones dolorosísimas. Entender esto voltea por completo la tortilla, porque no hablamos de una condición biológica inescapable sino de situaciones que pueden o no ocurrir y que dependen de la cultura, pero también de la economía, la política y hasta de la arquitectura.

Esa es otra de las cosas que he aprendido, que las ciudades son espacios importantes para estudiar la violencia. Yo soy flor de cemento y a diferencia de mis colegas lo mío no es el trabajo de campo en el campo. Durante mucho tiempo la antropología mexicana estuvo dirigida hacia el estudio de poblaciones indígenas y campesinas. La antropología urbana surgió en la escuela de Chicago en la década de 1920, así que tardó en integrarse a las principales corrientes antropológicas en México, y me costó mucho trabajo convencer a mis colegas de que la ciudad era un espacio relevante. Pero, ¿qué es más violento que las ciudades? Además, la arquitectura desempeña un papel central en los estudios sobre la violencia. He trabajado en proyectos con arquitectos y descubrí que a veces no saben cómo surgieron las ciudades o cómo influyen en la gente. Y los antropólogos trabajamos con la gente.

Hoy existe el urbanismo, que sí mira a las personas y cómo la arquitectura hace que las personas se encuentren o se desencuentren. En China hay ciudades con condominios de 30 mil personas. Una pregunta antropológica es cómo sobreviven en un espacio de éstos y cómo es qué interactúan y se vinculan. Puede ser terriblemente hostil si no te encuentras o te encuentras de más.

La violencia también aparece cuando observamos fenómenos como la migración. Durante mucho tiempo se pensó que las personas migraban principalmente por razones económicas, pero cada vez vemos con más claridad que existen muchas formas de violencia que obligan a la gente a desplazarse: la violencia política, la violencia económica, la violencia religiosa. Otras personas huyen de la violencia motivada por su identidad de género o su orientación sexual. Algunos de mis estudiantes han trabajado con migrantes que llegaron a nuevos lugares justamente porque en sus países o comunidades de origen sufrían formas de violencia que por mucho tiempo permanecieron invisibles.

De hecho, existen muchas más formas de violencia de las que solemos reconocer. Yo he identificado alrededor de 30 en México, y dudo que sean todas. Hay muchas más.

México vive actualmente situaciones extremadamente graves. La crisis de los desaparecidos es una de ellas. He dirigido tesis sobre desaparición forzada y tengo estudiantes que han trabajado directamente con familias de personas desaparecidas. A una alumna incluso le pidieron no seguir investigando por motivos de seguridad. Ella me preguntaba: “Maestra, ¿qué hago?” Le respondí que “lo que hay que hacer es decirle a la persona que te advirtió que entendiste el mensaje y que vas a seguir trabajando ahí, pero en otro tema”. De ese tamaño es el problema. Escribí un artículo sobre la etnografía en tiempos de violencia y lo más importante es que el antropólogo que vaya al campo, no importa si eso es en la Ciudad de México o en Timbuctú, se cuide y cuide a la gente con la que está trabajando, por supuesto.

Ahora bien, al hablar de violencia también me parece fundamental hacer una distinción entre conflicto, agresividad y violencia, porque para algunos resulta algo difusa. El conflicto es una parte inevitable de la vida humana que surge del desacuerdo, de la rivalidad entre dos o más partes. Una de estas partes puede ser una persona, una familia, un linaje, una comunidad o un país. También puede ser una determinada clase de ideas, una organización política, una tribu o una religión. El conflicto es ocasionado por deseos o tendencias incompatibles. Existe en todas las sociedades humanas, pero difiere en grado y forma de expresión.

Luego tenemos la agresividad, que forma parte de nuestra condición biológica al tratarse de la capacidad de respuesta del organismo para defenderse de peligros potenciales que vienen del exterior. Todos los mamíferos somos agresivos. De otro modo no habríamos sobrevivido ni llegado a ser los 8 300 millones de habitantes que vivimos en este planeta. Vista así, la agresividad es una respuesta adaptativa y forma parte de las estrategias de afrontamiento de que disponen los seres humanos y los animales no humanos.

En cambio, la violencia tiene un carácter destructivo profundo sobre las personas y los objetos y supone un terrible problema social. Se apoya en los mecanismos neurobiológicos de la respuesta agresiva, pues todas las personas somos agresivas, pero afortunadamente no necesariamente tenemos que ser violentas. La violencia busca hacer daño y hace daño. Creo que esta distinción es fundamental: la violencia es siempre intencional. Quien la ejerce actúa de manera deliberada y consciente. Los actos accidentales son eso, accidentes, pero no pueden considerarse violencia. Cuando un hombre golpea a su esposa, cuando una madre pellizca a su hijo, cuando un muchacho abusa sexualmente de su hermana, cuando una persona niega alimentos o medicinas a un anciano, estamos en presencia de actos intencionales, violentos. Éste es, pues, el primer elemento de la definición de la violencia, la intencionalidad. Así, la violencia es un acto u omisión intencional que ocasiona un daño, transgrede un derecho y con el que se busca el sometimiento, control y dominación de la víctima.

Otra consideración importante es que la violencia también está determinada por los medios y condiciones materiales (las armas, por ejemplo). Por eso recupero la teoría de la complejidad para mi trabajo. A partir de ella entendí que no existen determinantes o explicaciones simples, sólo codeterminantes: múltiples factores que interactúan entre sí. El Estado importa, la economía importa, el espacio geográfico, el cuerpo, las emociones y los sentidos importan. Por ello siempre digo que la violencia es ecopolítica y psicosociocultural. No puede explicarse solamente a través de un individuo. ¿Qué llevó a Hitler, por ejemplo, a la posición de poder que alcanzó? Que Alemania perdiera la Primera Guerra Mundial, la gran depresión económica… un montón de condiciones. Con esto quiero decir: Hitler no era solamente Hitler, hubo toda una serie de elementos y circunstancias que le permitieron a ese sujeto en particular tomar una posición de poder y, desde ese poder, ejercer cierto tipo de violencias. Dicho lo anterior, debemos tener en mente que la violencia cambia de cara. No es la misma la de la Edad Media que la de hoy, ni la que está apareciendo con las inteligencias artificiales.

Desde la antropología podemos acercarnos a esta complejidad. Nuestro método por excelencia para hacerlo es la observación participante: estar ahí. Estar ahí observando el mundo, no importa si es la ciudad o el campo. Pero lo que hay que tener en consideración, especialmente si alguien está pensando en estudiar antropología, es que hay que aprender a conectarse con la otredad y entender que el otro no es ni más ni menos, sino que es diferente.

Una de mis citas favoritas es del sociólogo y filósofo francés Edgar Morin, y dice: “Comprender no es justificar”. Esta cita se la doy a mis alumnos todo el tiempo para intentar transmitirles que comprender a otro ni excusa ni acusa. La comprensión favorece el juicio intelectual, pero no impide la condena moral, ni conduce a la imposibilidad de juzgar; más bien encauza la necesidad de complejizar nuestro juicio. Comprender a quien ejerce violencia no significa aprobar lo que hace, así como comprender a quien mata no significa tolerar el asesinato que comete. Las víctimas no deben transformarse en odiadores y opresores, ése es el imperativo ético. Y nosotros no podemos trabajar pensando en lo malos que son los malos. No se trata de despojar de humanidad a la persona que comete una violencia, sino de entender qué hay de violento en lo humano. Ése es nuestro trabajo, en realidad: entender.

Los jueces juzgan. Los antropólogos tratamos de entender y luego tratamos de explicar.

Antropología de la violencia en la Ciudad de México: Familia, poder, género y emociones
Florence Rosemberg Seifer, Antropología de la violencia en la Ciudad de México: Familia, poder, género y emociones, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México, 2012 en: http://bdjc.iia.unam.mx/items/show/212.

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