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26 de mayo de 2022
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Ojo de mosca

No. 282 ¿Ciencia para qué?

A principios de 2022 falleció, a los 97 años, el Doctor Ruy Pérez Tamayo, uno de los médicos y científicos más reconocidos de México.

Su vida fue extraordinariamente productiva, y muy bien vivida. Se desarrolló y destacó en muchísimas áreas, entre otras, la enseñanza e investigación médica en patología, especialidad de la que fue uno de los fundadores en nuestro país; la escritura continua de libros y artículos de divulgación y política científica; fue uno de los fundadores del Colegio Mexicano de Bioética, y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, de la cual fue presidente. Además, fue un gran estudioso y promotor de la filosofía de la ciencia.

Le tocó vivir la creación del Centro Médico en la Ciudad de México, pilar del desarrollo del actual sistema nacional de salud; ser profesor de la Facultad de Medicina de la UNAM, de cuyo posgrado fue miembro destacadísimo; atestiguar la creación del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) y del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), que durante décadas han sido vitales, respectivamente, para orientar y fortalecer el desarrollo de nuestro sistema científico-tecnológico y para ofrecer sueldos decorosos y promover la calidad de nuestros investigadores. En todos estos proyectos aportó su trabajo, rigor, inteligencia y talento.

Partiendo de todo este conocimiento y experiencia, y escribiendo en periódicos y revistas de amplia circulación, Pérez Tamayo ejerció durante décadas una rigurosa, clara y constante crítica de las políticas de los distintos gobiernos para la investigación y el desarrollo científico y tecnológico. Y lo hizo siempre con la noble intención de ayudar a mejorar las cosas, señalando problemas y errores y planteando —junto con colegas de la notable generación de científicos de la que formó parte— propuestas para remediarlos. Una de las cosas que siempre combatió fue la tendencia constante del Gobierno Federal a querer decidir qué dirección debería seguir la investigación científica del país.

Su argumento era impecable. Cierto: ya que la mayor parte de la investigación científica se realiza con fondos públicos, esta debe redundar en beneficios para la nación. Pero hay que entender que la ciencia avanza en forma inevitablemente azarosa. Uno puede proponerse investigar y tratar de resolver ciertos problemas, llegar a ciertas metas. Pero no puede garantizar que lo logrará. Tratar de forzar a la ciencia a avanzar solo en ciertas direcciones puede acabar por extinguirla.

En cambio, si se dan las condiciones para que la investigación científica se lleve a cabo con rigor, libertad y profesionalismo, se puede garantizar que generará conocimiento confiable, de calidad, que tarde o temprano, inevitablemente, tendrá aplicaciones beneficiosas. Quizá revolucionarias.

Ruy Pérez Tamayo entendió siempre que la libertad irrestricta —salvo límites éticos— para la investigación científica, junto con un apoyo decidido del Estado, es indispensable para que un país progrese.

Es una desgracia que nuestras autoridades actuales se rehúsen a entenderlo.

 

Martín Bonfil

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