11 de enero de 2026 11 / 01 / 2026

Ojo de mosca 321

Ojo de mosca

Martín Bonfil Olivera

Ilustración: revista ¿Cómo ves?

Los mamíferos son curiosos. Especialmente si son cachorros: basta ver a un gatito o perrito explorar incesantemente sus alrededores. Tal curiosidad no es casual: es un comportamiento adaptativo que les permite conocer su entorno e ir aprendiendo a moverse y actuar de manera adecuada en su ambiente (aunque, claro, también los puede poner en riesgo, razón por la que sus padres están siempre pendientes de ellos). La inquietud por conocer el mundo es en estos animales una estrategia para sobrevivir.

En el ser humano —mamífero al fin— la curiosidad infantil y adulta no sólo es una característica útil, sino indispensable. Otras especies cuentan con su fuerza, velocidad, garras y dientes o camuflaje como herramientas de supervivencia. Para Homo sapiens, en cambio, el recurso que nos ha permitido persistir durante 300 mil años ha sido nuestro cerebro, con su capacidad para explorar, analizar, comprender y predecir nuestro entorno.

¿Podríamos decir, entonces, que es la incansable curiosidad de nuestro cerebro lo que nos caracteriza como especie? ¿Podríamos decir que los humanos somos adictos al conocimiento? En realidad, no. En primer lugar, porque “adicción” se define como algo dañino, y el conocimiento rara vez lo es. Pero además porque nuestro cerebro no necesariamente busca conocimiento en el sentido estricto, es decir, verdadero y justificado. En realidad, lo que suele buscar es una explicación para lo que observa. Algo que le permita darle sentido a lo que sucede a su alrededor.

Y si dicha explicación resulta además ser útil para predecir sucesos futuros (el comportamiento de un depredador, la trayectoria de una pelota, el rendimiento de una cosecha) nuestro cerebro queda totalmente satisfecho y refuerza su confianza en ella… independientemente de si coincide de manera objetiva con la realidad.

Porque muchas veces una explicación incorrecta puede no sólo satisfacer nuestra curiosidad, sino darnos buenos resultados. Creer que el Sol “sale” por la mañana y “se oculta” por la noche sirve para planear las horas de trabajo en el día, aunque la realidad es que la Tierra rota mientras gira alrededor de un Sol que brilla constantemente.

El problema es que a veces esta tendencia de nuestro cerebro a buscar explicaciones que lo satisfagan puede llevarnos al error. Como cuando adoptamos explicaciones mágicas o supersticiosas para algún suceso sólo porque coincide con otro. Por ejemplo, los sismos o epidemias que históricamente coincidieron con la aparición de algún cometa, que entonces se consideró erróneamente como su causa.

Por eso, para buscar conocimiento que no sólo sonara convincente sino que se acercara lo más posible a lo que ocurre en realidad en el mundo el ser humano tuvo que refinar su manera de explorarlo, yendo contra su tendencia a conformarse con cualquier explicación que pareciera tener sentido, y desarrollar el pensamiento crítico que a la postre condujo a la ciencia. Porque a veces las explicaciones científicas van totalmente en contra de lo que hubiéramos creído con base sólo en la lógica y el sentido común.

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