Tecnograma 321
El celular nuevo del emperador
Gerardo Sifuentes
Ilustración: revista ¿Cómo ves?
Nada es un estadounidense desempleado que llega a Los Ángeles en busca de trabajo. Encuentra refugio entre una gran comunidad de personas sin hogar e indocumentadas que mantienen un campamento en un terreno baldío en las inmediaciones de la ciudad; son el estrato inferior de la sociedad del “sueño americano”. Las actividades sospechosas de una iglesia evangélica cercana llevan a Nada a encontrar unos lentes oscuros que le permiten ver cosas que no perciben los demás: la publicidad encubre mensajes secretos que instigan al consumo desenfrenado y la obediencia ciega de las leyes. Pero lo más alarmante es que también detectan personas que definitivamente no son humanas y viven encubiertas entre la gente. Nada descubre que los líderes políticos y los empresarios millonarios en realidad son extraterrestres que quieren adueñarse de la Tierra y para ello necesitan que los humanos sean dóciles, de modo que fomentan un individualismo extremo y crean personas conformistas. Motivado por estas revelaciones Nada se convierte en un renegado. Ésta es la trama de la película Están vivos (1988) del director John Carpenter, una adaptación del cuento Eight o’clock in the morning (1963) de Ray Nelson.
Corte al presente. Un video viral en TikTok muestra a una mujer de nombre Cat (@askcatgpt) que hace fila para ser atendida en la caja de un negocio. Mientras espera su turno escrolea la pantalla de un celular… ¿transparente? Tras 50 mil likes y cientos de comentarios que especulan sobre esta tecnología Cat sube otro video en el que explica que el objeto no es un teléfono real, sino una pieza de acrílico parecida a un iPhone llamado “metafono”. Explica que el propósito del inventor de ese celular falso es comprobar una cosa: si somos tan adictos a nuestros teléfonos, ¿podríamos frenar el uso compulsivo reemplazando la sensación de tener un aparato en el bolsillo con algo que se sienta exactamente igual? ¿Podemos aliviar la ansiedad escroleando apps invisibles? Cat especula que la razón por la que su video es tan popular es que el metafono responde a una tensión colectiva: aunque los teléfonos están diseñados para hacernos sentir más conectados el efecto es el contrario. El metafono, por cierto, ya está agotado.
Este experimento social cuestiona nuestra relación con la tecnología de novedad. Vivimos hasta el cuello en el capitalismo; estamos tan acostumbrados a sus condiciones que en general aceptamos que comprar muchas cosas es normal y satisfactorio en todas las culturas. Esto conlleva un epílogo lógico: no poder consumir es una fuente de insatisfacción y frustración. La mercadotecnia se asegura de que estemos al tanto de las ofertas diarias que mitigarán la ansiedad de estarnos perdiendo de algo (el fomo, fear of missing out, a tope). La publicidad es una herramienta esencial para que compremos gadgets más por tenerlos primero que porque debamos satisfacer alguna necesidad imperiosa. En cada caso el patrón se repite: empieza con una oleada de deseo, impulsada por la novedad y el anhelo de estatus, y le sigue un desencanto paulatino a medida que la verdadera utilidad no se sostiene o un nuevo objeto de deseo aparece en el horizonte (piensa en los Google Glass).
El Segway fue un aparato que irrumpió en el imaginario colectivo a principios del siglo xxi como una promesa de revolución en la movilidad personal. Anunciado con bombo y platillo, su diseño futurista y su innovadora tecnología de autoequilibrio lo convirtieron rápidamente en un objeto de deseo, un símbolo visible de estar a la vanguardia. Quienes lo poseían no sólo adquirían un medio de transporte sino una declaración de intenciones: eran modernos, audaces y, por supuesto, lo suficientemente ricos como para permitírselo. Pero, con el tiempo, el furor inicial se desvaneció. Las limitaciones prácticas, el costo y la aparición de alternativas más ágiles lo relegaron a ciertos nichos, dejando tras de sí la estela de una promesa incumplida y una pregunta persistente: ¿cuánto de su atractivo inicial residía en su utilidad real y cuánto en el estatus que confería? Este patrón, en el que la ansiedad por el estatus impulsa la adquisición de lo último en tecnología sólo para ser abandonado cuando la novedad se esfuma o la utilidad no se materializa, es un fenómeno recurrente y encuentra un eco perturbador en visiones distópicas como las de Carpenter.
El filósofo suizo Alain de Botton argumenta que nuestra posición en la jerarquía social, o al menos nuestra percepción de ella, tiene un impacto profundo en nuestra autoestima y felicidad. En la sociedad contemporánea, donde los marcadores tradicionales de estatus como la nobleza o la herencia ya no son preeminentes, los bienes materiales, y muy especialmente los gadgets, se han erigido como los nuevos tótems. El último smartphone, el smartwatch más sofisticado o la consola de videojuegos más potente no son meras herramientas: son significantes culturales que proyectan una imagen de éxito, conocimiento y modernidad. La publicidad asocia estos productos con estilos de vida deseables, exacerbando la sensación de que no poseerlos es sinónimo de quedarse atrás, de ser, en cierto modo, socialmente inferior. Esta presión alimenta una compulsión, y el acto de comprar se convierte en un intento de calmar la ansiedad subyacente, una búsqueda de validación externa a través de objetos efímeros.
Pero, al igual que en Están vivos, la promesa de la tecnología de otorgar una felicidad o un estatus duradero es, en última instancia, un espejismo, tal vez como el que brinda el metafono. Lo cierto es que existe un anhelo desesperado por un producto que nos mantenga, que nos valide. Quizás reconocer este patrón sea el primer paso para trascender la simple obsesión y buscar formas más auténticas y duraderas de construir nuestra identidad y nuestro valor, más allá del brillo fugaz de la última novedad tecnológica.












